CALENTAMIENTO
Agradezco la cortesía de Dios que me trajo hasta aquí. Ese milagro que nos puso de frente. Agradezco a mis derrotas, a todas las veces que desfallecí, a todos los instantes en que ya no tuve aliento.
Agradezco todo lo que me ha hecho estar aquí. A cada sensación de ahogo para venir a sentir tus jadeos desesperados. A cada sed que cortó mi lengua para venir a sentir las ardientes, saladas, húmedas gotas de tu sudor.
1
Un balón de básquet nos unió. A ti que eras lo imposible, lo lejano, a ti fui a parar casi asustado. Un balón de básquet ha roto todas las distancias, todos los silencios, ha puesto las palabras en nuestros labios. Y mientras tú haces cada jugada, yo recuerdo cómo aprendí a hacer eso mismo también. Aprendí a hablar tu idioma, aprendimos a hablar el mismo idioma para entendernos el día en que nos encontráramos en nuestro lugar común. Tú y tu equipo: los fuertes. Yo y mi equipo: los débiles. Agradezco a mi equipo por desafiar el tuyo, agradezco al básquet por llevarme a enfrentarte.
2.
Antes de conocerte todo era normal, uno se daba cuenta de los días soleados y no de tus ojos. Eras tú lo desconocido, la gracia aún no palpable, y tu equipo era un equipo lejano. Ese día jugábamos contra ese equipo famoso, un equipo reconocido por tener los mejores entrenadores, un patrocinador que financiaba todos sus gastos y un uniforme fantástico. Hasta entonces no sabía que lo mejor de ese equipo eras tú. Vimos llegar sus jugadores en un autobús marcado con las insignias del equipo. Los veíamos bajarse uno detrás de otro: todos jugadores jóvenes, atléticos, con zapatillas costosas y lujos que exhibían en cuanto podían.
En cambio el nuestro era un equipo desconocido, un equipo pequeño, sin uniformes y sin una táctica definida porque no llevábamos mucho tiempo juntos. Habíamos llegado en el carro de uno de los jugadores, algo apretujados. Un equipo sencillo, de jugadores veteranos, algo panzones, conocedores de todas las mañas del deporte, señores que alguna vez fueron temidos, pero que ya por estos tiempos se conocían como viejas glorias vinculadas al juego solo por costumbre o tal vez por salud. El único joven era yo.
Así las cosas, el partido de ese día tenía un claro favorito.
3.
Más allá del rival, que sin duda nos vencería, ese partido era especial porque yo volvía al lugar donde jugué por primera vez. Tenía diez años y estudiaba en la escuela que queda junto al coliseo. Una mañana el profesor de educación física interrumpió la clase de matemáticas para convocar a los alumnos que quisieran integrar la selección de baloncesto. Me fui con él solo para evadir la aburrida clase. Una semana después estaba jugando la semifinal en medio de esa cancha, en ese coliseo que se me hacía aún más grande, escuchaba las barras de mi colegio apoyándome desde las tribunas. Yo tenía el balón, varios niños corrían hacia mí para quitármelo. No sé si gané el partido. Recuerdo que el coliseo estaba recién construido y lo estaban inaugurando con nuestros juegos.
4.
En ese día en que te conocí reconocía los espacios como los lugares en que aprendí a hacer las cosas que ahora hago.
Volvía al coliseo catorce años después. Noté que el suelo era de goma. No recordaba eso. Tal vez no era de goma cuando jugué ahí en la niñez. Me seguía pareciendo grande. Aún estaban jugando el partido previo. En la tribuna vi a nuestros jóvenes rivales que empezaban a alistarse. No te vi, tampoco te buscaba, estarías por ahí existiendo sin mis manos. Recordé los viejos tiempos, cuando las gradas estaban recién construidas y los estudiantes de mi escuela saltaban y gritaban para apoyarnos. Fue en ese lugar donde recibí mis primeras clases, las primeras instrucciones.
―Agarra el balón con la yema de los dedos. Hay que driblar el balón con una sola mano. Si lo haces con las dos al tiempo pierdes ¿entendido?
―Sí profesor.
(…)
―Ahora debes avanzar. Solo puedes avanzar cuando dribles el balón. Si lo sujetas con las dos manos, o dejas de driblar, ya no puedes avanzar, de lo contrario pierdes ¿entendido?
―Sí profesor.
5.
Mi padre me llevaba a los entrenamientos. Se sentaba en la tribuna opuesta a la entrada principal. Desde ahí me veía jugar. Él quiso que yo jugara fútbol, pero se resignó a mis gustos. Nunca me quitaba la mirada, me seguía y yo siempre buscaba sus ojos cuando hacía una buena jugada o cuando cometía algún error. Siempre me exigió hacer una cesta más que el día anterior.
Un día lo vi lanzar. Tal vez jugó básquet en su niñez porque mostró algo de técnica y después me dejó saber que conocía las reglas.
6.
Cuando aprendí a jugar llegaron los tiempos más ansiados. Entrenábamos para ir a algún lugar a jugar y por fin llegaron esos días.
El primer viaje deportivo fue a los once años a Cali. Éramos todos niños de once años, doce a lo mucho. El calor nos arrinconaba en donde quiera que hubiera alguna sombra. Sudábamos de solo caminar y no teníamos muchas ganas de jugar. Cuando llegó la noche salimos a la cancha, las graderías estaban llenas de gente esperando nuestro partido. El equipo rival era un equipo de grandotes de catorce y quince años. Nosotros estábamos nerviosos. Yo trataba de no mostrar el miedo.
Nuestro uniforme era rojo y casi todos usábamos zapatillas viejas de tela. Perdimos por mucho. Nos humillaron en la cancha. El armador de ese equipo decía: Vamos a darle chocolatico a estos pobres perritos. Yo lo miraba y lo odiaba, y lo admiraba a la vez porque me parecía que jugaba mucho, que era muy bueno, casi invencible.
7.
¡Vamos a darle chocolatico a estos pobres perritos! Nos sentíamos frustrados, no lográbamos hacer algo para vencerlos o al menos darles una resistencia digna. Por más que nos esforzábamos al saltar, ellos llegaban primero a los rebotes, no fallaban sus tiros, todos sus pases eran buenos. No olvidé nunca ese partido, ni a cada jugador de ese equipo. Eran grandes, seguros de sí mismos. Todo lo tenían planeado en el juego, eran muy tácticos. Nosotros en cambio jugábamos nuestro primer partido y no sabíamos qué hacer. Perdimos por mucho. La gente en las tribunas nos apoyó por lástima. Ese fue el primer torneo que jugué y el primer partido que perdí, humillado. Me guardé la rabia. No hice como tú que lloraste, que te fuiste a llorar inconsolable a un rincón cuando perdiste tu primer partido. Quise llorar a tu lado cuando me lo contaste. Caminábamos en Chía y yo imaginaba lo que me decías, te imaginaba arrojado en el suelo llorando por un partido perdido. En mi mente estuve sentado a tu lado todo el tiempo hasta que dejaste de llorar.
8.
Hace unos años fui a un torneo cerca de Cali. Me invitaron a reforzar un equipo. Entré a la cancha, calenté, estiré y cuando vi a los rivales lo vi a él. Lo recordé enseguida. Vamos a darle chocolatico a estos pobres perritos. No paré de humillarlo todo el partido, le hice todas las cestas que quise. Vamos perrito, ¿qué pasa? ¿ya no puedes conmigo? ¿se te acabó el chocolatico? Sé que no me recordó, pero me gustó su cara de derrota, su cara al reconocer sus propias palabras. Cuando terminó el partido sentí que me había quitado una frustración de toda la vida.
Después de contarme tu primera derrota me narraste algunas de tus victorias y fui feliz viendo esas medallas en tu pecho. Y fui feliz viendo cómo levantabas tus trofeos. Te amé derrotado y triunfador desde el primer día. Y te imaginé siempre.
9.
Luego llegaron los días del triunfo.
El partido estaba empatado, quedaban pocos segundos. Los del otro equipo atacaban, lanzaron, fallaron; cogí el rebote, corrí, driblé lo más rápido que pude hacia el otro aro. Me alcanzaron, me hicieron doble marca, creí que perdería el balón, pero vi a Camilo. Le pasé el balón, él dribló, hizo doble ritmo, lanzó y la metió. Cuando el balón pasó la malla el árbitro pitó el final del partido. ¡Ganamos! ¡Ganamos! Fue el primer partido que gané. Hace poco volví a ver a Camilo, sigue siendo un buen jugador. Ya tiene un hijo.
Yo siempre fui un jugador colectivo. Siempre jugué en equipo. Tú, mi pequeño ángel, eres diferente: siempre vas al frente, le pones el pecho a todo, irrumpes, rompes, vas contra todos los muros y los derribas con tu cuerpo... vas...kamikaze como llegaste a mi alma.
10.
Esos primeros juegos de básquet se dieron en esos días inocentes en que todo era memorable. Antes de jugar partidos y de entrenar, había tenido una triste experiencia que me hacía sentir miedo al juego. Tenía miedo de la risa de los otros.
Tenía cinco años y estudiaba en un jardín infantil de Bogotá. La maestra nos llevó a jugar baloncesto en la cancha del parque. Parecía que todos sabían jugar o por lo menos lanzar. Cuando tuve el balón se me hizo pesado y grande, difícil de mantener en mis brazos, lo lancé como ellos hacían: por encima de la cabeza, pero el balón no se alejó ni un metro de mí, es más, casi me cae encima. Todos se rieron de mí. Después, la maestra ordenó una fila de niños. Me hice de último porque ya sabía que era una fila hecha para que todos lanzaran el balón al aro. Todos los hacían bien, no todos convertían la cesta, pero por lo menos tocaban el tablero o el aro. Yo, que era el más débil, estaba nervioso y no sabía qué hacer. Cuando llegó mi turno sentí que el balón era una piedra imposible de cargar. Separé las piernas, me incliné, puse el balón en medio de las rodillas y con todas mis fuerzas empujé hacia arriba, como nunca antes me había esforzado. Vi que el balón se elevó por los aires, lo vi muy lejos, imposible de alcanzar. Fui feliz de solo verlo en el aire. Luego empezó a bajar, a descender y ¡Chus! ¡Cesta! Fue mi primera cesta, una cesta de cucharita. Ellos se reían pero yo estaba feliz: Mi primera cesta. Luego vi que se reían.
Mi primera cesta tal vez se dio cuando tú dabas tus primeros pasos. Yo aprendí primero este lenguaje de guerra. Aquí somos gladiadores. No hay lugar para los débiles. Aquí te espero.
11.
También hubo malos días. Días tristes.
Eran las ocho de la noche. Yo tenía diecinueve años y creía que era el jugador más experto del mundo. Ya era reconocido, inspiraba respeto. Jugaba en un equipo muy bueno en el que yo era el capitán. Faltaban treinta segundos para el final del partido y estábamos igualados a cincuenta y cinco puntos. Era la final, el partido decisivo, el campeón recibía premio y el que perdía no recibía nada. Los jugadores del equipo habían invertido mucho para poder jugar el torneo. Íbamos tranquilos porque confiábamos en que ganaríamos sin dificultad y ahí estábamos, con la posesión del balón tratando de convertir la cesta que desempatara un partido que debimos haber resuelto pero que se nos había complicado por errores propios. Javier dribló, le pasó el balón a Betto, lo marcaron dos, me dejaron solo, Betto me vio, me pasó el balón, me detuve en un tiempo, salté, sostenido, con el tablero: hice la cesta. Celebramos, era la cesta del triunfo.
En seguida atacaron ellos con los pocos segundos que quedaban. Me sentía como el héroe, el autor de la cesta definitiva. Empezaron a rotar el balón buscando a un jugador de apellido Lotta. Sabíamos que lo buscarían a él porque era el lanzador de triples y a ellos solo les servía una cesta de tres puntos. Mis amigos lo marcaron fuerte, pero aún así lo dejaron lanzar, falló, me sentí tranquilo, tomé el rebote, vi la salida rápida, vi a Fabián corriendo al aro rival, todos me gritaron que no se la pasara, querían que asegurara el balón, pero quise hacer el pase largo, como hacíamos siempre, nuestra jugada de siempre.... tiré el balón a Fabián seguro de que él lo tomaría, pero me interceptaron el pase, le pasaron el balón a Lotta y en su segunda oportunidad en diez segundos volvió a lanzar, y entonces la metió, el balón produjo ese sonido cruel al pasar la malla, ¡Chus! Al mismo tiempo el árbitro pitó el final del partido. Era un triple. Ellos ganaban por un punto. Y yo, y yo... y por mi culpa habíamos perdido el campeonato. Lloré como nunca y no quise volver a jugar básquet nunca más, dije que no volvería a jugar nunca, nunca más.
Al día siguiente me lesioné un tobillo aprendiendo a jugar tennis y aunque ya extrañaba el juego, seguía con mi decisión de odiar el básquet para siempre.
No te hubiera conocido entonces. No tendría que agradecerle a la vida por tus labios. No estaría maldiciendo tus labios imposibles.
12.
Pero el básquet siempre da otra oportunidad y te trajo a mí.
Mis amigos me pidieron que los acompañara a la final de un torneo muy importante en la ciudad. A pesar de que era la final, ese día fueron pocos, solo cinco, lo justo para iniciar el partido. Los cinco que estaban jugando lo estaban haciendo bien, iban arriba por mucho, pero se confiaron y de un momento a otro el otro equipo empezó a meter cestas, a remontar hasta que empataron, luego se fueron arriba en el marcador. Mis amigos emparejaron las cosas con mucho esfuerzo. El partido estaba empatado, hasta que Richard cometió su quinta falta y tuvo que salir. No había cambios, en el banco de suplentes solo estaba yo, quien se suponía no iba a jugar. Al ver sus caras me decidí a entrar al juego. Sentía mucho dolor en el tobillo. Quedaba poco tiempo. Durante esos minutos no hubo cestas, solo errores de parte y parte. Yo no había tocado el balón, solo hacía bulto en la defensa y trataba de colaborar de alguna forma en el ataque. De pronto el juez de silla gritó que quedaban diez segundos. Marcaron a todos mis amigos menos a mí, porque yo era el cojo y no representaba ningún peligro, pero ¡oh sorpresa! me pasaron el balón. ¡Cinco! Traté de avanzar como pude hacia el aro ¡Cuatro! Pero avanzaba muy lento por el dolor ¡Tres! luego vi que los rivales corrieron hacia mí ¡Dos! Y Entonces decidí detenerme al comprender que era inútil tratar de correr al aro, o me alcanzaban, o se acabaría el tiempo ¡Uno! acomodé el cuerpo con toda la técnica, tal como me enseñaron, miré el aro y lancé. En ese momento sonó el pito, fin del juego, pero el balón estaba en el aire. La gente en silencio. Mis compañeros veían el balón descendiendo, aproximándose al aro y
entrando... ¡Cesta! ¡cesta!
¡Campeones!
El triunfo en mis manos, la felicidad en mis manos. Todo lo que un deportista sueña. El momento soñado. Todo lo cambiaría por ti. Serías mi mayor victoria.
13.
Fue el lance del campeonato, mi reconciliación con el juego. Recordé a quien me enseñó a lanzar así a los catorce años.
A esa edad no sabía lanzar como se debe. Hacía muchas cestas, pero no tenía estilo, ni técnica. Lanzaba de pecho. Tenía un entrenador a quien apodaban "Ratón". Ratón me dijo un día si lo vuelvo a ver lanzando así, no lo dejo entrenar más en mi equipo. Me explicó que la mecánica de tiro es muy importante porque hace que se conviertan mayor número de cestas y asegura que en momentos de tensión el cuerpo sepa cómo reaccionar y actúe mecánicamente. Me hizo acostar bocarriba y así practicar la forma de lanzar el balón, lanzándolo de tal forma que el balón girara en el aire y al caer fuera a mi cara para ahí tomarlo de nuevo. Entrené por muchos meses hasta que lo aprendí. Desde entonces lanzo así: pongo el balón un poco más arriba de la frente, sujeto el balón con la mano derecha y con la izquierda aseguro la dirección, alineo el cuerpo con los pies y brazos, lanzo muñequeando para que el balón tome un efecto que lo haga descender cuando choque contra el tablero.
14.
Después llegaron los momentos de dolor.
Sucedió cuando mejor estaba jugando, cuando atléticamente era muy fuerte, técnicamente estaba bien formado y estaba acumulando experiencia de juego. Fue una lesión muy dolorosa, bastante grave. Ahora tengo que jugar sin poner el riesgo el brazo, desobedeciendo la orden médica de que nunca vuelva a jugar básquet. Ni siquiera debo nadar.
Fue en un parque. No conocía a nadie de los que jugaban ahí. Ya sabía la advertencia de parte de mis entrenadores, ellos decían que no jugáramos en los parques para evitar lesiones, accidentes y agresiones. Sobre todo agresiones. No es bueno jugar sin un árbitro, decían. Pero yo los vi y jugaban bien, no eran bruscos y se veía interesante el juego. Entré a jugar. Después de un rato ya dominaba todo, cogía los rebotes y todos mis lances eran cesta. Uno de los jugadores empezó a molestarse porque yo siempre le ganaba las jugadas. Cuando intenté atrapar un rebote con el brazo izquierdo, él me haló con todas sus fuerzas hacia atrás y me dislocó. Fue un dolor horrible, vi que mi brazo se había salido de la articulación del hombro. No sabía qué hacer, solo gritaba. Me subieron a una ambulancia, todo el tiempo de espera fue dolor. El peor de todos. En una clínica me redujeron la luxación, pero nunca pude volver a esforzar el brazo izquierdo. Fue mi peor lesión, la más grave. Se ha repetido muchas veces y ya es crónico. No he querido ir a la cirugía. Ya aprendí cómo controlarla. Estaba recién lesionado el día que te conocí.
15.
Lidiando con esa lesión he logrado jugar en grandes equipos, uno de ellos, el de la universidad. Ahí todos son jugadores muy altos. En un principio fui rechazado, el entrenador ni siquiera quiso verme jugar, dijo que yo era muy bajo de estatura. Los jugadores de la selección trataron de convencerlo para que me aceptara, ellos ya me habían visto jugar en torneos y en otros equipos. Pero no se pudo, El coach Tomás dijo que no.
En un torneo al sur de la ciudad el entrenador llevó su club. Cuando lo vi, lo saludé con amabilidad. Él me saludó algo sorprendido. Vi sus jugadores, vi que todos eran altos, juveniles, delgados, jóvenes de diecisiete años, muy talentosos, algo inexpertos, muy veloces eso sí.
El juego arrancó y yo salí a divertirme, a jugar como siempre: no tan vistoso, nada espectacular, pero sí muy seguro, muy efectivo, lanzando contra el tablero, pasando y cortando, asegurando cada jugada, jugando a lo clásico, años ochenta, noventa, poco dribling, mucho pase, lances al tablero. Eso les gusta a los entrenadores, valoran la simpleza. Ganamos, metí veintitrés puntos. Al final, el coach Tomás me dijo que me esperaba al día siguiente en el coliseo de la universidad para que entrenara con la selección.
16.
Poco a poco he ganado un nombre en este mundo del baloncesto. La gente me conoce: los árbitros, los técnicos, los jugadores... Todos saben que fui muy bueno, que mientras la lesión lo permita puedo ser decisivo en un partido.
Ya casi llegaba la hora de nuestro partido. Ya se habían acercado algunos a saludarme. Mis compañeros se veían intranquilos, solo estábamos cinco, solo cinco jugadores, para colmo.
17.
El coliseo de Cajicá tiene una goma de caucho verde en el suelo. Uno se adhiere. No es fácil jugar en un piso así. Enfrentar un equipo tan fuerte como Capitals no era bueno. Ocho días antes en otro torneo habíamos sido eliminados de manera tonta. Íbamos ganando, estábamos jugando bien, todo estaba bajo control. Nos hicieron dos cestas seguidas, por el lado de uno de los jugadores nuevos, y él se estresó, perdió el control, empezó a gritarnos, a ponernos nerviosos, subió el ritmo de juego a uno que no nos convenía. Nos volvimos erráticos, fallamos cestas fáciles, hicimos faltas innecesarias. Perdimos.
Así que teníamos el ánimo por el piso. Lo bueno, tal vez lo bueno, era que el jugador culpable del asunto no había ido al partido contra Capitals. Sin él tal vez jugáramos mejor, como siempre. Él era uno de los refuerzos. Los otros jugadores de refuerzo tampoco fueron al partido. Mis compañeros estaban nerviosos por eso, a mí no me preocupaba de a mucho, de todos modos íbamos a perder. Y no es que me diera por vencido, es que sabía que era muy difícil hacerle frente sin cambios a tu equipo.
No me preocupa perder. Ya en ese tiempo no me preocupaba perder, ya había ganado lo que había que ganar. Ya jugaba por gusto, lo daba todo en los partidos, como hoy, el resultado: lo de menos. La vida te va enseñando la esencia de las cosas, la esencia del juego no está en la victoria. En ese juego, por ejemplo, lo esencial del juego eras tú.
18.
Me puse el uniforme. Siempre he jugado con el número siete, y ese uniforme también tenía ese número. Me puse las zapatillas: Adidas Howard. Las amarré fuerte. Siempre me he sentido seguro con esas zapatillas. Era un uniforme negro. Pero no era el mismo de los otros porque no teníamos el mismo uniforme, solo coincidíamos en el color.
Se terminó el partido previo, ya era nuestro turno. Vi los rivales caminando a la cancha, y entonces te vi: ingenuo, pero orgulloso; inocente, pero lleno de picardía; indefenso, pero agresivo; seductor pero intocable; infantil; todopoderoso; rebelde; altanero; noble. Desde entonces te quise. Desde entonces te quiero. No es que vaya de cancha en cancha amando los rivales. No. Eso solo pasó contigo, fue como si te pusieran ahí para mí, y a mí me pusieran ahí para verte. Para desafiarte.
Juguemos al amor, a ver quién vence.
19.
Agradezco la cortesía de Dios que me dio las fuerzas para enfrentarte. A ti que no hablas mi idioma. A ti que te burlas de las letras. A ti que tienes otro mundo ante los ojos. Agradezco la piedad del destino que me dio un lenguaje común con tu forma de ver la vida.
Entonces tuve todas las ganas de vencerte, de grabarme en tu memoria, de ser alguien fijo en tus recuerdos. Quise estar muchas veces ante tu cuerpo evitando tus cestas, ansiando tus cestas, haciéndotelo difícil.
Todas las cosas que me llevaron a ese momento: las amé. Cada segundo que me hizo coincidir con tu mirada, estar ahí. Sentirte.
20.
Miren a un ángel jugando baloncesto. Miren cómo nos deslumbra. Miren cómo nos vence. Cómo me gusta ser vencido por su valentía. ¡Miren! Miren cómo rompe nuestras defensas, un ángel, cómo nos enfrenta. Todos los hombres vencidos damos gracias a Dios por ser heridos por su mano. Sobre todo yo. Antes de todos, Yo. Nadie más que yo quien soy a quien él más mira. Soy a quien más él quiere vencer.
Está bien. ¡Juguemos!
PRIMER CUARTO
Agradezco a la suerte. A ese instante en que el balón llegó a mis manos. Ese milagro que nos puso frente a frente. A todas esas decisiones que me pusieron aquí: delante de tus ojos que me quitan la valentía, delante de tus ojos que me devuelven el aliento para continuar luchando, contra ti, amor, en contra tuya.
Agradezco a cada momento en que tuve la gloria que hoy entrego a tus manos para que venzas, para que seas el héroe, el vencedor, para que tenga que agradecerte la derrota más bella.
1
Entro a la cancha. Siento mis pasos adhiriéndose al caucho del suelo. Hay un pequeño eco en cada paso. Los jueces caminan hacia mí, me saludan, son amables; me preguntan cómo sigo de mi lesión. Bien. Bien. Ahí voy. Mucho cuidado Andrés, no te esfuerces demasiado. No, jugaré con cuidado.
El entrenador del equipo rival también se acerca a saludarme. ¿Qué tal Andrés? ¡Hola Samuel! Él ha vivido una historia parecida, era muy buen jugador, talentoso, triunfador, pero su rodilla le impidió seguir jugando a un nivel exigente. Me pregunta el porqué juego con esos señores tan veteranos. Le digo que son mis amigos, algunos fueron mis maestros. Él lo comprende, él también juega en un equipo con sus amigos de juventud.
Los rivales se alistan, mis compañeros se alistan. Voy a mi banca.
2
Vuelvo a la cancha para calentar. Empiezo trotando de un lado a otro en la mitad que nos corresponde. Los miro: son muchachos altos y delgados. Se nota que son rápidos. Caliento mis músculos. Incremento el ritmo para que suba la temperatura, los músculos se sueltan, las articulaciones se aceitan.
Al otro lado hay doce muchachos. En mi equipo solo estamos cinco. Tomo un balón. Lanzo. Me quedo corto. El triple está bastante lejos. Hago doble ritmo, siento un poco de dolor en las rodillas, fallo. Aún estoy frío. El tablero recibe cualquier lance, es un tablero viejo, pero el aro está algo alto, será mejor tomar tiros de media distancia. Ahora estiro, le hago mucho movimiento al hombro. Mi hombro izquierdo. Siento cómo traquea, cómo se acomodan los ligamentos.
El árbitro señala que quedan tres minutos de calentamiento. Solo tres. Hay que correr, exigir la calistenia. Balón. Corro. Cross Over. Lanzo. Vuelvo a fallar. Corro. A un lado. Al otro. Zig-zag. Zig-zag. Reversible. Bajo el ritmo.
Troto hacia la mitad. Hay un niño en ese equipo que sobresale entre los otros. Miro su cara…
Su blanca cara. Limpia cara… no te desconcentres:
El aro. El tablero. Su suave cara… sus cejas… ¡El balón!
¡El balón!
El-Ba-Lón
Un minuto.
Los dos equipos a sus bancos.
3
Es un niño de diecisiete años. Tal vez dieciséis. Uno setenta y cinco. O cuatro. Uno setenta y dos. Es delgado. Tiene el pelo largo y liso, color… ¿rubio? (…) color castaño claro. Tiene la piel blanca, muy fina, se ve muy suave. Sus hombros son un poco más oscuros, seguro es el sol de sus entrenamientos.
Bueno muchachos, estamos nada más que cinco. Tenemos que imponer un ritmo lento porque si jugamos rápido no aguantaremos. Hay que rotar muchas veces el balón. No hagamos faltas innecesarias. Hay que tener cuidado con su salida rápida. Hagamos nuestro este juego. ¿Usted qué opina Andrés? ¿Andrés?
Sus piernas también están un poco quemadas por el sol, pero siguen siendo claras. No es fuerte, se ve débil en medio de esos cuerpos esculpidos. Parece indefenso en medio de ellos. Parece el peor jugador.
¡Andrés! ¡Andrés!
Ah sí, sí, bueno, lo de siempre muchachos: zona dos uno dos. Danilo y Mario de postes, no quiero faltas, los necesitamos todo el partido. Alejandro juega al centro. Hay que hacer muchos relevos en la zona. Carlos y yo vamos adelante. Carlos como siempre llevará el balón, pero esta vez hay que estar cerca de él para brindarle las ayudas. Si la presión es muy fuerte hay que jugar pantallas. Vamos, a jugar señores, a lo que vinimos. Un, dos, tres: ¡TEKA!
4
Entramos a la cancha. Entran los jueces. Saludo a los jóvenes rivales. Mis compañeros hacen lo mismo. No está el muchacho que vi hace un rato. Miro a la banca del otro equipo y allá lo veo hablando con sus amigos. Cierta desilusión me aborda. Pero sé que tarde o temprano estará en la cancha.
Me preparo para el juego. Son más altos estos muchachos cuando uno está cerca de ellos. El juez central camina hacia nosotros. Los inicialistas de los dos equipos nos encontramos en la mitad. Rodeamos el punto central. Mario irá al salto inicial.
El juez se para en el punto blanco. Los que van a saltar se alistan, se miran. El juez lanza el balón. Los dos cuerpos se elevan. Los demás vemos arriba, el balón en el aire es alcanzado por una mano que lo empuja a otra mano conocida. Ellos ganan el salto. De inmediato corremos a defender.
5
Hacemos nuestra zona dos uno dos. Lo clásico. Atrás Mario y Danilo. Mario tiene treintaiocho años, es ingeniero y suele beber mucho los jueves y los viernes. Pronto será padre. Su mujer espera el primer hijo. Desde que se enteró anda feliz, ha cambiado su genio, ahora discute menos con los jueces, ya no es tan brusco con los rivales. Danilo tiene treintaitrés, es empresario, tiene una familia perfecta: dos hijos de ocho y cuatro años y una esposa joven. Los jueves y viernes sale a beber con Mario.
Por ahora es Danilo quien patrocina los gastos del equipo.
Capitals avanza hacia nosotros con calma. Sus jugadores toman posiciones.
6
Presiono a quien lleva el balón. Lo obligo a pasar. Tengo que correr a presionar a quien recibió la bola. Él devuelve el balón al anterior. Carlos llega a presionarlo. Quien tiene el balón lo pasa al muchacho que Carlos ha dejado libre, es un lanzador. Él toma el balón, flexiona, mira el aro, acomoda el cuerpo, lanza. El balón se eleva, hace una parábola perfecta. Los postes forcejean para ganar la posición. Pero es inútil, el balón entra en el aro. El sonido de la malla nos duele. Primera jugada, un triple. Es una jugada habitual, típica de los equipos jóvenes. Arriba ellos tres a cero.
Mario toma el balón para sacar. Esperábamos que los muchachos fueran a su zona a defender, pero se han quedado junto a nosotros para marcarnos hombre a hombre. Así será más difícil. Mario se la pasa a Carlos. Enseguida su marca lo presiona. Carlos gira, corre en dirección al área rival, pero no se aleja, su marca es un muchacho más rápido. Voy hacia él para ayudarle, me ve y me pasa el balón.
Mi marca es un muchacho alto. Lo miro, no pierdo la calma. Somos él y yo. Driblo. Él avanza hacia mí para quitarme el balón. Corro en una dirección y él me sigue sin problemas, pero cambio de sentido de repente y él queda ahí, sin reacción. Corro. Él no me alcanza. Avanzo hacia el aro contrario. Llega otro muchacho a relevar mi marca. Miro a quién marcaba el nuevo rival y veo que Alejo está libre. Se la paso. Ahora los dos muchachos corren desesperadamente hacia él. Quedo libre. Corro hacia mi punto fuerte. Alejo me devuelve el balón. Miro el tablero. Lanzo. ¡Cesta! A la antigua: con tablero, pase-corte, doble. Tres a dos abajo.
7
Después de cuatro minutos el juego está cerrado. El marcador es doce-once arriba ellos. He marcado siete puntos. Todos aguantamos el ritmo que los muchachos nos imponen. Aún. La presión es buena pero no nos complica demasiado. Tenemos la experiencia para no asustarnos por la presión de estos niños. Nos crea más problemas su poder ofensivo. Es difícil defender sus ataques.
El técnico de ellos ordena un cambio. El primer cambio. El juez central lo autoriza. Veo entrar al muchacho hermoso. Él corre hacia mí. Me sorprende que lo metan tan rápido, suponía que era el peor jugador del equipo. Tiene el número ocho. Sigue hacia mí. Su pelo se mueve cuando corre. Se para junto a mi cuerpo, agarra mi jersey, trato de alejarme pero sigue a mi lado. Será mi marca. Es más bajo que el otro, más ágil. La marca adecuada, la marca perfecta para mí.
8
¿Ya estás listo para marcarme? ¿Crees que puedes hacerme frente?
Según tu entrenador, eres mi contrapeso ideal. Si me ha cambiado la marca y te ha puesto a ti es porque cree que eres el indicado para detenerme. Ahora sé que eres bueno, que tu estampa de indefenso no es real. ¿Más velocidad? Tu entrenador cree que es un joven más veloz quien puede opacar mi juego.
No te ves muy fuerte. Él ha cambiado un jugador alto y fuerte por uno más ágil y veloz, pero más débil.
Alístate. Yo me sé todos los trucos. ¿Ya estás listo para marcarme?
9
Saca Mario. Así hemos hecho en todo el juego. El primer pase es a Carlos para que transporte el balón. Danilo corre al área rival para descongestionar el avance. Alejo está cerca por si hay que ayudar a Carlos, y Mario, después de sacar, corre hacia el posteo ofensivo. Carlos Dribla. Tratamos de desmarcarnos, pero nos siguen. Mi marca me toma de la camiseta.
Corro a darle la ayuda a Carlos. Mi marca corre detrás, me toma de nuevo de la camiseta para que no me aleje.
Doy un golpe en su mano para soltarme. Me suelta. Corro. Carlos me la pasa. Mi marca llega enseguida a hostigarme.
Me enfrenta. Hago una finta. Él la cree pero vuelve enseguida. Toma su posición defensiva. Es difícil engañarlo.
Corro. Él sigue conmigo. Me quita espacio. No controlo bien el balón por su culpa. Trata de quitármelo pero recupero la posición. Me aborda por el otro lado. De nuevo protejo.
Es una marca muy difícil. Es muy ágil. Pierdo de nuevo el control del balón porque no me da espacio. Él intenta tomarlo. ¡Me lo va a quitar! Giro el cuerpo, lo pongo entre el balón y su cuerpo. Él no alcanza a detenerse, me empuja suavemente pero yo exagero, me quejo para engañar a los árbitros y me dejo llevar como si hubiera sido un empujón muy fuerte. El árbitro pita falta.
El muchacho protesta. Los dos sabemos que no fue falta, que exageré porque me sentí perdido. Me mira a los ojos. Lo miro a los ojos.
10
Mis compañeros me miran. Danilo sonríe, sabe que fue mi último recurso (lo he aplicado contra él), sabe que ahora la tengo más difícil, pero lo disfruta, nos gustan los partidos complicados. Sonríe porque admira mi modo de engañar a los jueces, "mi cancha" "mi experiencia" dice él. Ahora no será tan fácil encestar. Mi nueva marca, mi hermosa marca no me da ni un metro. Va hacia donde voy. Deja de protestar, vuelve a mi lado. A donde voy, él va, me asfixia.
El árbitro reporta la falta a la mesa de control. Hermoso número ocho. Como me gusta ver tu piel que ya empieza a sudar. El otro juez le entrega el balón a Mario para que saque. Es un saque de banda. Veinticuatro segundos para atacar. Los muchachos nos marcan de cerca. Mi marca me agarra. Huele a una loción que yo tuve hace mucho. Me gusta su olor. No me da espacio. No me puedo desmarcar. Sus hombros ya empiezan a sudar. Tu sudor... Te haré sudar.
11
Amenazo con irme para un lado, pero giro y me voy para el otro. Él se aleja. Mario me pasa el balón. El chico retoma la marca, se ve más cuidadoso ahora, sabe que no puede venirse con toda su furia porque tengo muchos recursos, entre esos, la falta si no tengo más opción. Está perfilado, sabe que soy diestro. Piernas flexionadas, el peso en la punta de los pies, no se apoya en los talones. Los brazos separados ganando espacio, la vista en el balón. Miro su cara, su concentración, cada detalle perfecto de su postura defensiva.
Veo que Carlos se esfuerza para desmarcarse y lo consigue. Le paso el balón porque él es el armador. El muchacho que me marca se desilusiona. Lo sé porque se pone erguido de nuevo con un gesto de decepción muy desafiante. Quiere revancha, quiere que lo enfrente, no le gustó que haya entregado el balón. De nuevo me toma de la camiseta y camina muy cerca de mi cuerpo. Corro. Va conmigo. Siento el jalón en mi ropa. Si sigue así exageraré de nuevo y le haré pitar otra falta personal. Si exagero mucho tal vez sea antideportiva.
Carlos dribla. Vamos un punto abajo. Mitad del primer cuarto. Hora de hacer cestas, señores. Juguemos con este hermoso niño.
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Corro hacia el punto de tiro libre. Mi marca me sigue. Carlos dribla hacia un extremo de la cancha. Tomo posición. Hago que el muchacho quede detrás. Siento su pecho en mi espalda.
Pongo mi mano en su abdomen y lo separo de mí. Con la otra mano pido el balón.
Trata de quitar mi mano para marcarme más cerca. No lo dejo. Le agarro la camiseta. Forcejeamos.
Carlos me ve, sabe que tengo la posición adecuada y haré una jugada de posteo. Sabe que mi marca no es un poste, es un muchacho más bajo que yo y dará resultado. Me pasa el balón. Lo tengo alejado con mi brazo izquierdo. Tomo el balón con mi mano derecha. Él se acerca, quito el brazo izquierdo. Nuestros cuerpos se juntan. Te siento como una hoguera atrás mío. Driblo una vez. Dos. Con cada peloteo avanzo hacia atrás empujándolo con la espalda. Con el primer empujón siento un quejido de su parte, ¿Así te quejas, amor mío, por mis envestidas? Ha perdido el aire. Para el segundo envión se prepara, se aleja de mi cuerpo, me recibe con el antebrazo haciendo contrapeso. Estás listo para recibirme ahora sí. Driblo. De nuevo impongo mi cuerpo. Él se hace más fuerte pero no aguanta. Me giro. Uso el pivote izquierdo. Quedo frente a él, finto, él salta, cuando salta lo espero, lo veo en el aire, busco el lanzamiento, busco a la vez el choque, él trata de evitarme pero es inútil, me choca cuando voy a lanzar. Me quejo exagerando el contacto y lanzo. Al tablero. El árbitro pita falta. Su segunda falta contra mí en menos de un minuto. Y el balón entra en el aro. ¡Falta y vale! Mi equipo celebra. Yo celebro. Veo sus ojos y me arrepiento.
13
Su coach lo regaña, lo grita. Yo quisiera defenderlo, pelear por él. Mis amigos siguen celebrando. Quisiera decirles que no hay nada de qué celebrar porque el pequeño ángel está triste. ¿Es que no ven que se le ha esfumado la alegría de su rostro? En el otro equipo piden un cambio. El muchacho alto y fuerte se prepara para entrar. Veo que mi ángel avanza triste hacia la banca de su equipo, el otro entra. Le dicen Chiki a mi muchacho. Lo regañan. ¡Chiki maldita sea! ¡Chiki así no se marca! ¿Chiki le advertimos que a él había que marcarlo con cuidado! ¡Chiki siéntese y descanse!
Chiki me mira desde la banca, me odia. Me arrepiento. Me paro en el punto de tiro libre. Los postes toman posición. El juez central me pasa el balón. Quisiera fallar para que no caiga más culpa sobre Chiki. Flexiono. Estiro el brazo, muñequeo, lanzo. ¡Cesta! Dos puntos arriba. Mi equipo va a defender. Regreso trotando hacia atrás. Miro la banca rival. Chiki sigue mirándome. Quiero pedirle perdón, susurrarle. Ya quiero tenerlo en la cancha otra vez, sentirlo. Ya lo extraño. Vuelve Chiki. Vuelve. Me gusta que me marques, vuelve. Ya no te haré mas cestas. Vuelve. Te dejaré ganar para que sonrías.
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Atacan. Rotan el balón entre ellos. Tienen buen manejo. Saben ubicarse para hacer que nos movamos mucho. El muchacho que entró por Chiki me enfrenta. Lo odio de entrada. Se acerca, amaga. Sé lo que hará. Es lento, predecible. Amenaza para un lado. Va hacia el otro. Lo dejo creer que lo ha hecho bien. Él da un paso, otro paso, hace el doble ritmo. Yo tensiono los músculos de las piernas, flexiono y salto. Lo gardeo. Golpeo su balón justo cuando va a lanzar. Mis amigos gritan, lo humillan. El balón le cae a Alejandro, se lo pasa a Carlos. Corro. Corro como nunca, corro como antes, como cuando era niño en este coliseo. Carlos me ve. Es mi mejor partido desde hace mucho, como cuando no estaba lesionado. Recibo el balón, un dribling. Pura velocidad. Otro dribling. Llego a la zona rival. Estoy solo, volví a ser veloz. Doble ritmo, cesta. Miro a la banca del otro equipo, miro al coach: él sonríe. Parece decirme que no estoy tan viejo como dicen, como hago creer, que estoy volviendo a ser como antes. Le guiño el ojo porque jugamos en contra muchas veces y nuestros duelos eran feroces, le suplico en silencio que vuelva a meter a Chiki. Pero no. Chiki me mira, me sigue odiando y sigue ahí sentado.
15
Comprendo que necesito jugar rápido porque el chico alto y fuerte, con el número quince, es muy lento. Si juego con velocidad Samuel mandará de nuevo a Chiki a la cancha. Ya no pienso en el equipo. Ya no pienso en la táctica. Ya no pienso en ganar. Si así fuera pondría un ritmo lento para que mis compañeros no se cansen. Ellos siguen mi ritmo hasta el momento, es el primer cuarto. Pero poco a poco se cansarán y ya no podrán correr como ahora, entonces la presión de los muchachos funcionará por fin y perderemos. Y no me importa, lo quiero a él en la cancha, marcándome, tocándome y para eso tengo que jugar rápido, hacerle ver a su entrenador que necesitan un jugador rápido que me enfrente.
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El juego sigue. Chiki continúa sentado en su banco. Vamos arriba por seis puntos. Estoy encendido, efectivo como no lo estaba desde hace meses. Y aún así el juego para mí es aburrido. No es lo mismo sin sus manos aquí, sin su fragancia. No es lo mismo el juego sin su actitud retadora.
Si vuelves te enfrentaré mil veces, iré hacia ti una y otra vez hasta que leas mi juego, hasta que encuentres mis puntos débiles, que básicamente son tus ojos. Si vuelves te tocaré. Si vuelves dejaré que estés más cerca, que nuestros cuerpos se rocen.
Veinte-doce. Arriba nosotros. Doce puntos míos. Doce puntos era lo que venía haciendo en todo un partido, ahora los hago en un solo cuarto.
Tal vez me des suerte. Tal vez me motivas, me contagias de tu modo de jugar: al frente contra todos, adelante recibiendo todos los disparos. Sigo enfrentando tu equipo, Chiki vuelve. Ellos no entienden, tú al menos me hiciste acudir a la falta, a los trucos sucios, a los últimos recursos, pero tus compañeros son fáciles de enfrentar, engañables. Prometo que no te jugaré fuerte, te trataré suavemente y dejaré que sobresalgas. Te haré brillar.
17
Acaba el cuarto. Vamos a la banca. Tengo sed. Mucha sed. Es violento el vapor de mis hombros. Estoy agitado. Veo mis compañeros y ya los encuentro cansados. Sus camisetas están empapadas, tienen mucho sudor en la frente, pero están felices. Vamos arriba. Me felicitan. "Está encendido Motta" Sonrío. "Hacía tiempo no lo veía jugar así". Sigo sonriendo. “Parece un niño de lado a lado corriendo". Pienso en él cuando escucho la palabra niño. "Toca que siga así mijo". Sigo con sed. Pero ya bebí algo de agua. Si bebo más no podré correr igual, no podré seguir llamándote. Aguanto la sed por ti Chiki, espero que regreses. Hay que ponerle emoción a este juego.
Los jueces me miran, me felicitan con la mirada, muestran algo de asombro. Yo también siento que mi cuerpo quiere jugar, soltarse, correr. No debo olvidar mi lesión. Siempre me pasa cuando estoy así, cuando me esfuerzo, el cuerpo queda sin oxígeno y se vuelve débil y ahí viene la lesión.
Pero nada importa. Volveré a la cancha a brillar para que tú regreses.
18
El árbitro pita el final del primer descanso. Volvemos a la cancha. No tendremos cambios tácticos, así estamos bien, dicen mis compañeros. Pero no, no es así, deberíamos jugar más lento. Me lo callo. Yo solo quiero lo que quiero y eso lo tengo claro. Qué más da un partido más a la lista de derrotas. Algunos partidos no se pueden perder, como esos de muerte súbita en que el perdedor sale del torneo. Son los juegos más emocionantes. Cada lance que uno hace va acompañado del miedo al error.
En este juego contra Capitals ninguno quedará eliminado. El ganador recibe dos puntos y el perdedor uno. Esos puntos se suman en la tabla de posiciones. Hay siete equipos en nuestro grupo. De cada grupo clasifican los dos equipos con mejor puntaje.
Busco a Chiki. No lo veo.
Ellos siguen reunidos en círculo alrededor de su entrenador. Gritan ¡Capitals! Y salen a la cancha cinco, los demás se sientan. No veo al muchacho alto y fuerte. Tal vez entrará Chiki. ¡Por fin! Pero no, tampoco ahora. No está entre los cinco jugadores que saltan a la cancha.
La posesión del balón es nuestra. Un muchacho moreno y atlético se me acerca. Entiende desde ya que él será quien me marque. Sus brazos son morenos, piel canela, muy tonificados en el gimnasio. Me mira.
─Me mandaron a darle duro.
Lo miro cuando me habla. No acostumbra uno a hablarle a los rivales en la cancha, a menos que sen amigos que juegan en otros equipos. Yo no conozco a este muchacho. Tal vez él a mí sí, tal vez me haya visto jugar. Me mira con respeto. Respeta mi nombre, se nota. No le respondo.
Mario camina al lugar de donde debe sacar.
─Usted juega mucho Andrés Motta.
El muchacho sigue hablándome. Yo inclino el cuerpo, toco mis rodillas con las manos. A veces uno le habla a los rivales para desconcentrarlos. A veces uno ofende los rivales en la cancha para sacarlos de quicio. Son trucos. Pero este muchacho no parece querer eso y lo que me dice no es nada ofensivo.
─¿me ha visto jugar? ─le pregunto.
Se acerca. Me agarra de la camiseta igual que Chiki. Pienso que tal vez es una forma de defender que les ha enseñado Samuel a todos ellos. Este moreno es más alto que Chiki, tiene un cuerpo más sensual, más erótico. Pero no me produce nada. A mí nadie me produce nada, nunca he sentido algo por compañeros o rivales de juego. Solo ese muchacho tierno y batallador al que llaman Chiki. Se me ocurre preguntarle al muchacho moreno cómo se llama Chiki. Pero no. No debo. No debo.
─Claro que sí. Lo he visto jugar muchas veces. Yo estaba viéndolo cuando usted hizo la cesta ganadora en Medellín. Lo he visto cuando lo han lesionado.
Me sorprendo. Lo de Medellín fue hace mucho, más de cinco años. Era una final. Yo jugaba para el equipo de Cundinamarca, metí un triple justo antes de acabarse el partido. Con esa cesta quedamos campeones. El coliseo estaba lleno. Aturdía. La ovación era emocionante. Sería un niño este muchacho en ese tiempo.
─No lo voy a dejar hacer nada, Andrés Motta, aunque sea mi ídolo, le voy a dar duro.
Le sonrío. Me gusta su motivación y su sinceridad. Pero me desagrada que en este momento está ocupando el lugar de Chiki.
Mario se prepara para sacar. Iniciamos los movimientos de desmarque. Carlos recibe el balón, es marcado enseguida por un muchacho ágil que lo incomoda. Corro hacia él. Carlos me ve, pone su mano sobre la frente. Es una seña que señala que busca una pantalla. Me detengo. Pongo mis brazos en mi pecho. Carlos corre hacia mí. Su marca sigue incomodándolo, es un muchacho que no me ha visto. Carlos me esquiva. Su marca se choca conmigo. Carlos corre libre, corre hacia el aro, convierte la cesta. Perfecta mi pantalla.
Samuel se levanta de la silla ofuscado, grita al muchacho que marca a Carlos. Lo regaña furioso.
19
Sigue apretado el juego. No hemos podido alejarnos en el marcador. Seguimos ocho puntos arriba y ya estamos cansados. Si convertimos, ellos convierten; si fallamos, ellos fallan. Ocho puntos son muy poca reserva para el final. En este cuarto hemos hecho juego de pantallas. No he tenido que correr tanto, solo busco a Carlos y Alejandro cuando llevan el balón y hago que sus marcas se choquen conmigo. Viejas tácticas.
20
A Mario y a Danilo los han controlado bien. La ventaja en el marcador es gracias a Carlos, Alejo y yo que somos más bajos y más ágiles y de alguna forma logramos enfrentar a estos muchachos. Mario y Danilo que son los postes han tenido muchos problemas con los chicos altos, han perdido todos los duelos.
Ahora el público está en nuestra contra. Danilo ha hecho dos faltas muy fuertes contra el muchacho que lo marca. Se nota molesto y frustrado. El pobre muchacho aguanta los golpes y el juego rudo de Danilo sin protestar, ¡Está bien educado! ¡Así se juega! ¡Aguantando todo! Mario no se queda atrás, hizo una falta sin que el balón estuviera en juego. Por suerte los jueces no lo vieron. El chico quedó en el suelo retorciéndose de dolor. La gente en la tribuna nos insulta.
21
El marcador se iguala en tres jugadas. Dos errores de Carlos y ellos aprovecharon. A veces me molesta el juego de Carlos, es muy soberbio, cree que nadie puede quitarle el balón y no es así, dos veces le quitaron el balón y juntas fueron cesta de ellos. La otra cesta fue un triple que no esperábamos convertido por el jugador menos talentoso de ese equipo. Ninguno de nosotros quiso marcarlo y el chico lanzó tranquilo. Cesta.
Ahora queda poco para terminar el segundo cuarto. Empatados. Carlos y Mario empiezan a discutir. Se ven cansados. Los aborda el estrés, el juego se hace tenso. Ya no recuerdo tanto a Chiki. Mi marca lo ha hecho bien, aunque no nos hemos enfrentado. Pero siempre ha estado cerca. Queda poco. Debo hacer algo para que este muchacho no me siga marcando. Lo hace muy bien. Y yo quiero a Chiki.
22
He notado que hace lo mismo que Chiki. Cuando salgo a correr me toma de la camiseta para que no me aleje. Eso es bueno, pero peligroso.
Carlos lleva el balón. Corro. El muchacho me coge. La camiseta se estira. Me quejo. ¡Oh! ¡Ohhhh! ¡Profeee! Llamo al árbitro. Él me mira. El muchacho no me suelta. Hago como si el jalón hubiera sido fuerte y me dejo arrastrar hacia atrás. Exagero. El árbitro pita falta. Falta antideportiva. Lanzaré dos veces desde el punto de tiro libre. Samuel protesta con el juez y regaña al muchacho. El muchacho me mira, se ve triste. Me conmuevo. Se triste pero tiene algo de admiración. Me nace algo de tristeza por él porque es un buen jugador y es muy leal. Él juega limpio y lo que acabo de hacer es juego sucio, trucos, artimañas. Pero ni modo, yo quiero a Chiki y tengo que sacarlo. Ahora voy al punto de tiro libre. Miro a la banca rival. Chiki me mira. Un muchacho a su lado le habla. Él le responde sin dejar de mirarme. Recibo el balón. Miro el aro. Driblo dos veces. Hago girar el balón en mi mano. Flexiono. Estiro el brazo y lanzo. Cesta. Repito el ritual y lanzo. Cesta. Corremos a la defensa. Troto hacia atrás. Miro a la banca rival. Chiki sigue mirándome. Mira a otro lado cuando lo veo. Ya lo notó, ya sabe que estoy atento a él.
Ellos corren.
El cuarto acaba. Fin de la primera mitad. Estamos exhaustos.
Lo tuve conmigo tres minutos del primer cuarto y lo extraño como de toda la vida.
Arriba por dos puntos. Mario y Carlos discuten en la banca. No sé porqué.
Me siento en la banca. Ya empiezo a sentir la falta de aire. Tengo sed. La discusión continúa. Según Mario, Carlos no le pasa el balón cuando ha logrado desmarcarse, cosa que es cierta, pienso. Bebo agua. Carlos responde que cómo quiere que le pase el balón si casi nunca se desmarca y cuando le pasa el balón el muchacho que lo marca le gana el duelo, cosa que también es cierta, pienso. Bebo agua. Danilo se sienta a mi lado, está agitado. Alejandro está de pie junto a Carlos, bebe mucha agua, trata de apaciguar las cosas entre ellos porque ya están pasando a otro tono. Danilo, el dueño del equipo, no dice nada, los deja discutir como niños frustrados. Me fastidia la situación. Miro a otro lado y veo que los jueces están charlando en la mitad de la cancha, me miran, me llaman. Me alegra ir hacia ellos para no presenciar la peleíta.
23
¿Y entonces Motta? Ya casi vuelve a jugar como antes. Sonrío. ¿Ha estado entrenando? la verdad no mucho, lo de siempre.
Hablamos de viejas épocas y de otros torneos. Me dicen que ya mi equipo se cansó. Preguntan por qué discuten los jugadores en mi banca. Problemas de egos, les digo. Samuel se acerca. Los chicos de Capitals van a lanzar al otro lado de la cancha. ¡Motta jugando como si nada! ¡Parece el Motta de antes! Sonrío. ¿Qué haré para detenerlo? Le sonrío. Dile a Chiki que entre, que me toque, que me hable, que me diga su nombre, que vaya conmigo a todos lados de la cancha, que me deje sentir su respiración agitada, su sudor caliente, que me hale, que me asfixie; dile que venga, que me enfrente, que me rete, que acerque su cuerpo a mi cuerpo, que pelee con mis manos.
Ninguno de mis muchachos lo detiene, me dice. Le sonrío. El muchacho con el número ocho es bueno, le digo. Él mira a sus muchachos. ¿Chiki?
¡Sí maldita sea! ¡Chiki! ¡Dime su nombre carajo!
Sí, Chiki es bueno pero te hizo dos faltas, aún es muy inocente. No, al contrario Samuel, me tocó acudir a la falta porque no supe qué más hacer. Es bueno ese muchacho, ¿tú le enseñaste a jugar?
Samuel y yo vemos calentar a sus muchachos. Vemos a Chiki. Él siente las miradas y voltea a vernos, sabe que hablamos de él. Samuel dice que sí, que él le enseñó a jugar desde que era un niño. Ya somos viejos, me dice. Me habla de antiguos juegos, de antiguas batallas entre los dos. Me recuerda mi lesión, me dice que tenga cuidado. Pienso en Chiki, en mi lesión, en mi hombro, en el dolor que se siente cuando el brazo se sale de la articulación. Qué diferente sería el dolor de mi hombro si fuera Chiki quien lo causara. Sería bueno doler por él, doler por su culpa, doler por su gracia. Amaría el dolor.
En la banca los ánimos se calman. Me despido de los jueces y del entrenador rival. Voy a ver qué dicen mis amigos.
24
Empieza el tercer cuarto. Entramos a la cancha. Posesión nuestra. Ellos siguen reunidos. Gritan ¡Capitals! Salen cinco a la cancha. Ahí viene él. Me mira. Se ve feliz. Viene a mí. Camina hacia mí. Por fin vienes a mí. Se acerca. Trato de contenerme, de no mostrar alegría, de no sonreír. Es importante el juego ahora sí. Tiene valor el juego ahora sí. Vale la pena cada cosa ahora sí.me reanimo. Revivo. Ya no estoy cansado. Sed sí pero de él. Se acerca. Se acerca mucho. Quisiera hablarle, decirle algo, tan siquiera algo, cualquier cosa. Quisiera que me hablara como el chico moreno. Pero no. Él se instala junto a mí como lo imposible cercano. Y duele. Él me duele adentro del corazón porque quiero tocarlo y no puedo, y no podré, porque quiero hablarle y no sé qué decirle y no sabré, porque quisiera no perderlo nunca, no dejarlo ir, poder verlo cada día, ver su sonrisa, su forma de ir por ahí en la vida, en guardia, alerta contra el mundo, contra mí, contra todo, indefenso, valiente, frágil, invencible.
Ahora quiero que el tiempo vaya lento, que cada instante que él esté a mi lado dure para siempre.
Mario toma el balón.
El árbitro extiende su brazo.
Mario dirige sus brazos, recibe el balón como algo valioso, lo siente, siente el caucho que se adhiere a sus manos. Entre el caucho y los dedos se siente algo de sudor que hace que el balón sea un poco pegajoso. Nos mira. Mario nos mira. Nos ubica. Uno por uno. En su mirada se ve que no quisiera pasarle el balón a Carlos. A cualquiera de nosotros menos a él. Así. Así.
Así, más lento el tiempo para poder sentirlo aquí conmigo, fragante, oloroso a mí, al mí de hace años. Me agarra. Cuando hace eso sus dedos para por mi cintura y el cuerpo se estremece. Siento sus dedos calientes, ardientes, casi queman. No corro. Solo camino. Le hago fácil su tarea de marcarme. Su tarea de estar cerca de mí. Ahora dejo que me marque sin dificultad. Le hago fácil las cosas para que me toque, para que ponga su cuerpo frente al mío, su rostro frente al mío muy de cerca, para sentir su aire, que es como la brisa de la mañana antes de la luz: una brisa sin peso, fría y fuerte pero inexistente, una brisa que empaña las cejas, que bate las hojas de los árboles pero no mueve mi pelo. Esa risa que sale del alma y llega al alma, más allá de lo corpóreo.
Quédate ahí Mario, para siempre, con el balón en las manos. Déjame jugar a caminar a un lado y al otro lentamente. Déjame tropezar con él así, poner mis manos en su cuerpo, en su cintura como él hace conmigo, bailar con él sin que él lo sepa, bailar con él sin que se dé cuenta. Quédate ahí, Mario, no reactives el juego y el cronómetro, deja este instante inmóvil, detenido, deja que dure para siempre.
25
Es ahora cuando doy gracias a dios por cada momento. Ahora que estoy aquí sintiendo el aire de su boca, sus dedos calientes. Cada dolor, cada día de cansancio, cada angustia, cada rabia al perder, cada día de gloria construyendo una fama y un nombre. Aquí estoy Chiki, a tu lado, enfrentándote.
26
Mario tiene que sacar. Le pasa el balón a Carlos a regañadientes. Carlos dribla, avanza. Su marca lo lleva poco a poco, lo marca con prudencia, hace que Carlos esté atento a él y no pueda mirarnos. Así es siempre, Carlos no puedo driblar sin estar atento a su marca, nos pierde de vista. Terrible defecto para un armador.
Chiki sigue a mi lado. Chiki continúa a mi lado. Chiki avanza a mi lado.
27
El balón baja lentamente. Toca el suelo. El sonido llega a nuestros oídos. Rebota. Sube. Se eleva. La mano hace contacto nuevamente y lo empuja hacia abajo. Inicia el descenso. Baja. La sombra en el suelo se agranda. Toca el suelo. El sonido llega a nuestros oídos. Hay un eco en las tribunas del coliseo. Vuelve a elevarse, sube, sube. La mano cambia de dirección. Avanza. Construye una parábola con el recorrido del balón. Inicia el descenso. Baja. Baja. Toca el suelo. El sonido llega a nuestros oídos.
28
Tiene los ojos negros. Su pelo es liso. De cerca es más oscuro. Tiene sudor sobre la frente. Las pestañas son cortas. Las cejas son rectas, negras, delgadas. Tiene la cara recta, el mentón es fuerte. Sus labios, sus labios parecen secos, son grandes, voluptuosos. Mira sus brazos Andrés. Son frágiles sus brazos. Blancos. Los hombros no son musculosos. Su cuello brilla. Tiene un pequeño lunar en el cuello. No tiene vellos en sus axilas. La nariz no tiene la piel tan fina como sus mejillas. El pelo largo le cubre las orejas. Parece pequeño, pero es igual de alto a mí, exactamente igual a mí. Es liviano. Sus piernas son delgadas, no tiene glúteos grandes, ni tonificados los gemelos. Las piernas son blancas, no es velludo. Las medias altas, blancas, salen con sus zapatillas Adidas, blancas con azul. El uniforme rojo no le sale con los tenis. No debe tener mucho dinero, sino hubiera comprado unas que sí salieras con la ropa. Tiene los dedos pequeños, la mano es pequeña, dedos frágiles, delgados, no muy largos.
29
Arranca el juego. La defensa está atenta a nuestros movimientos. Los muchachos nos marcan cuidadosamente. Nos miramos con los compañeros. Los chicos ya están advertidos de las pantallas. Habrá que hacer otra cosa. Correr más, tal vez. Cortar al centro, también. Pickandroll. Chiki siente que voy a hacer algo. Me agarra. Corremos. Pido el balón, carlos me ve, pero no me la pasa, maldito carlos cómo odio que no la pase. Por qué no la pasa. Lo acorralan, lo aíslan, se siente ahora sí perdido, nos busca, nos llama. Pero ya para qué.
30
Empiezan a descontar puntos. El marcador preocupante, cerrado. Ofensiva nuestra. Chiki conmigo. Chiki conmigo. Debo jugar, aunque mi mundo sea Chiki. Debo ganar. Debo ganar. Debo luchar, pido el balón. Carlos me lo pasa. Chiki me mira. Se prepara. Flexiona sus piernas, extiende los brazos. Driblo con cuidado, avanzo hacia él, el aro está detrás de su cuerpo. Él espera que lo enfrente, pienso cómo atacarlo. Acelero, avanzo hacia él, él retrocede, amenazo para un lado, él va hacia ese lado, voy hacia el otro, ha sido un buen crossover, el queda a mi lado, acelero más, un paso, dos pasos, doble ritmo por la izquierda, pero no puedo usar el brazo izquierdo. Uso el derecho. De repente Chiki aparece, pone su brazo muy arriba, toca el balón, trato de empujar la bola hacia arriba pero él tiene la ventaja empujando hacia abajo. Me gardea. El balón cae al suelo. Pierdo el equilibrio. Vamos al balón, él llega primero. Lo gana. Corre. Corre. Corre rápido. Chiki corre. Sigo detrás, los otros jugadores nos miran, nos ven pasar por su lado a toda velocidad. Voy rápido, me siento rápido. Pero no lo alcanzo. Él sigue adelante avanzando hacia mi aro. Trato de hacerle falta pero no lo alcanzo. Chiki espérame. Sigue. Se acerca al aro. Inicia el doble ritmo, desacelera. Trato de evitar que haga la cesta, mando la mano, golpeo su brazo, él lanza el balón con fuerza, suena mi palmada en su mano. ¡Falta! ¡Y cesta!
Celebra. Grita de emoción. Se da vuelta. Me celebra en la cara. Se acerca. Pone su boca muy cerca a la mía y grita. Siento su emoción. Quisiera celebrar con él, decirle: sí, así se hace amor mío. Así.
31
Sus compañeros llegan a felicitarlo. Lo separan de mí para evitar una reacción violenta de mi parte. Deberían dejarlo aquí muy cerca de mi boca para poder sentirlo, así… para sentir su alegría, su soberbia recién nacida.
Mis compañeros llegan con cara de pocos amigos, como si fuéramos a perder el partido por esa jugada. Carlos no se contiene, me dice que fue estúpido lo que hice, que porqué mejor no dejo que él lleve el balón, que porqué mejor no me limito a meter cesticas debajo del aro. Es un maldito Carlos. Arruina mi alegría. Volteo a ver a Chiki y veo su cara de esplendor y entonces soporto todo. No importa qué digan mis amigos, qué opinen. Pago todos los precios por la cara de felicidad que tiene Chiki. Le hice falta. Hizo la cesta. Más encima tiene un tiro desde el punto. Los postes toman posición. Yo observo desde fuera del área. Le pasan el balón a Chiki, se concentra, mira el aro, lanza. Convierte.
Me mira. Me reta con la mirada. Parece decirme que con eso estamos a paces. ¿Estamos a paces? ¿Ya puedo hacer contigo todo lo que yo quiera?
32
Continúa el juego, Chiki, no celebres aún, porque aún no ganas. Carlos dribla. Lo marcan, vamos subiendo hacia el otro aro. Chiki me marca. La fragancia de Chiki me marca. El sudor de Chiki me marca. Sus ojos brillantes y sus manos pequeñas están atentos a mi cuerpo.
Me pasan el balón. Estoy sobre la línea de triple. Carlos me pide de nuevo la bola pero no se la pasaré. Chiki me enfrenta, paso el balón entre mis piernas, vuelvo a hacer lo mismo, el cuerpo inclinado, apuntándole, atento a él. Chiki se apresura a marcarme, cuando va para un lado paso el balón entre mis piernas hacia el otro y pongo mi cuerpo entre él y el balón. Me deja la línea hacia el aro totalmente descubierta. Corro, Chiki trata de retomar pero no puede, sé que está lejos, lo espero, hago la semejanza de que voy a lanzar, pero no lanzo, él cree que sí, salta, yo espero su cuerpo, está en el aire, veo su estampa tratando de evitarme, va cayendo, cae, cae, busco el choque con él, choca contra mí, al hacerlo lanzo el balón y pujo. ¡Falta! ¡Y cesta! Sí, Chiki, yo también sé hacer las cosas que tú sabes. Volteo, celebro con mi puño. Quedamos de frente, choca su pecho contra el mío. Yo soy más pesado, más fuerte, él siente el impacto, su cuerpo rebota. Sus compañeros vuelven a separarnos. El juez nos advierte. Mis compañeros celebran. Carlos, el hipócrita celebra. Y estoy feliz de ver la cara de furia de Chiki, sus ganas de enfrentarme, sus ganas de jugar contra mí uno a uno por horas y horas hasta que alguno se rinda.
Me dan el balón, tiro libre. Encesto. Miro a Chiki. Me mira con una pequeña sonrisa, muy pequeña. Y con sus ojos me anuncia que esta guerra aún no termina.
Hay dos jugadas más de parte y pare que no terminan en cesto.
Fin del cuarto.
33
Estamos casi sin aire. Nos sentamos en la banca, agitados, sudorosos, débiles, vamos arriba en el marcador por muy poco. Nadie quiere hablar, queremos solo descansar, beber agua, respirar hondo.
Al otro lado se escuchan los gritos, Samuel regaña a sus muchachos. Volteo a verlos. Nuestras miradas se encuentran. Siento un vacío de nervios en el abdomen. Me obligo a no mirar a otro lado. Él también sostiene la mirada, se ve agitado, cansado. Ninguno de los dos mira a otro lado. Se me acelera la respiración, siento los saltos del corazón. Alguien se atraviesa. Corta nuestra visión del otro. Miro a otro lado. Me pregunto por qué ese muchacho me mira tanto. Por qué sigue el juego de las miradas. ¿Será que le gusto? ¿Será que el deseo es mutuo? ¿Será que también quiere sentirme cerca, cerca muy cerca?
No vamos a aguantar, dice Mario. Yo asiento con la cabeza. Es cierto, ya no damos más. Claro que sí, hay que darlo todo, les hemos dado guerra, dice Carlos. Carlos tan orgulloso siempre. Danilo sonríe. Yo no puedo más, nos dice, y sigue sonriendo. Alejandro casi nunca habla. Alejo, ¿usted qué opina? le pregunto. Estoy reventado, me dice, y se ríe. ¿Y usted Motta? Me pregunta. Igual, ya no doy más. Pero tenemos el partido ahí, muchachos, vamos, vamos, no decaigamos, luchémoslo hasta el último segundo. Ellos se ríen, aceptan. Vamos a dejarlo todo. Vamos a ganarle a Chiki.
34
Tratemos de jugar más lento. Por fin les digo eso, por fin me rindo. Ellos asienten con la cabeza. Respiro hondo, siento débil el cuerpo, no tengo fuerza en los brazos, temo por mi hombro.
Correremos menos, les digo, haremos más pases para que sean ellos los que corran. Cada uno trabaje su posición. No hagamos faltas que ya casi llegamos al límite de cada uno.
Vamos muchachos, vamos a ganar esto.
Salimos a la cancha. Veo a la banca rival, Chiki vuelve a mirarme. Le sonrío, pero no me responde, voltea a mirar a otro lado enseguida.
Salen a la cancha cinco jugadores, no viene Chiki entre ellos. Qué triste, pero qué bueno, así me preocupo por ganar y no por luchar contra él. Me importaba llamar su atención y ya la tengo.
35
Inicia el cuarto. Sentimos que ellos son más fuertes, más veloces, más atentos. Nuestro cuerpo no responde. En cada jugada que pasa sentimos que ellos llevan la ventaja. Aun así logramos mantener la ventaja en el marcador. Tratamos de no jugar tan rápido, ellos nos presionan. Nosotros nos liberamos del balón apenas nos llega. Lo recibimos, lo entregamos y corremos a algún lago a recibirlo de nuevo. Así vamos llegan al aro rival. Intercambio de cestas.
Perdemos los duelos uno a uno, ya no tenemos aliento. Recurrimos a las faltas. Ya casi llegamos todos a las cuatro faltas.
36
En la tribuna la gente celebra el buen juego de los muchachos. Van un punto arriba ellos.
Veo que vienen al ataque. Le pasan el balón a un jugador negro que es muy fuerte. Dribla hacia mí. Yo estoy parado justo en mitad de la zona. Viene hacia mí con toda su fuerza. Me preparo para defender, debo ser fuerte, contrarrestar su embestida. Viene hacia mí, se hace cada vez más grande. Recuerdo que tengo cuatro faltas, si hago una más saldré expulsado. No puedo tocarlo, pero ya viene encima, ya siento su fuerza, su ímpetu. Me quedo quieto, pongo mis brazos sobre el pecho, cierro los ojos. Siento que se acerca, no logra detenerse.
Suaaachhhsssss
Me choca.
Ohhjjjjjj!!
Grito. Me dejo llevar. No abro los ojos. Pongo las manos atrás para menguar el impacto. Estoy en el aire cayendo de espalda. Caigo. Duele el impacto. Escucho el pito. Entreabro los ojos. Veo el juez señalando la carga. Es una falta a mi favor. Mis compañeros celebran. Yo celebro. Pero no tengo aire. Siento la debilidad. Me cuesta levantarme. Me tomo un tiempo, aquí sentado, para respirar. Me ofrecen la mano. La tomo. Me levantan. Me pongo de pie, respiro con dificultad. Qué bien sacada esa falta, me dice Danilo. Yo sonrío. Pero no tengo aire. Pongo mis manos en las rodillas. Respiro hondo. Los jueces llegan a ver cómo estoy. Les digo que bien, que puedo seguir. Y sigo. Y seguimos.
37
El partido se reanuda. Atacamos, defendemos, corremos cuando nos exigen, trotamos lentamente cuando podemos hacerlo. No participo con determinación en ninguna jugada. Sigo sin aire, débil, sin fuerza. Fue un choque brutal contra ese negro. Trato de respirar lo más profundo que puedo, pero es inútil, entre más me esfuerzo, más me ahogo. Le hacen una falta a Carlos, tendré dos tiros libros. Aprovecho para detenerme. Danilo y Mario van al rebote, se instalan en los cajones de la zona. Me detengo, bajo la mirada, pongo mis manos en la cintura haciendo jarras, respiro profundo, alzo la mirada, veo el techo del coliseo, sus farolas grandes instaladas en las vigas, parece que hace mucho tiempo no las limpian. Nada sirve. No sirve pensar en otras cosas, me siento ahogado. Pongo mis manos en las rodillas, nuevamente, inclino el cuerpo. Siento unas terribles ganas de escupir, siento que me sangran las encías. Pero no escupo, eso me parece sucio e irrespetuoso. Me falta la saliva, siento la boca seca. Trato de respirar lentamente para bajar el ritmo cardiaco. Alzo la mirada, aún con las manos en las rodillas. Carlos se toma su tiempo para lanzar. Seguramente nos está dando tiempo a todos. Siento cómo bajan grandes gotas de sudor por mi frente, rodean las cejas y siguen por las mejillas. Hay gotas de sudor que bajan por mi nariz. Veo las gotas caer al caucho del suelo. Una, dos, tres, cuatro grandes gotas. Cinco. Cierro los ojos. Veo la imagen de Chiki mirándome. Veo su cara cerca gritándome, emocionado. Su voz de niño gritando ¡Vamooos! Veo sus hombros sudorosos echando vapor. Abro los ojos, hay más de diez gotas de sudor. Alzo la mirada, carlos ya cobró el primer tiro libre. Veo la banca rival, Chiki me mira. Dios… Chiki me mira.
38
El marcador sube a favor de ellos. Pedimos un tiempo. Necesitamos descansar.nos sentamos en la banca, los cinco, uno al lado del otro. Nadie dice nada, solo respiramos agitados, bebemos agua y limpiamos el sudor de nuestras frentes. Tenemos un minuto de descanso. Marcador: cuatro puntos abajo. Necesitamos otro golpe de aliento para tratar de remontar ese partido. Pero lo que más necesitamos es aire. Cansancio. Debilidad. Lentitud. Todo se ve en nuestras miradas. Justo cuando más necesitamos descanso, el árbitro pita el final del minuto de descanso. Nos tomamos toda la pausa para reincorporarnos al juego. Vamos con cara de sufrimiento. Los muchachos en cambio se ven frescos, acostumbrados al trajín. Hay que entender también que ellos tienen doce jugadores y al que se canse lo van cambiando. Nosotros solo somos cinco, sin cambios, los mismos cinco todo el partido y ya no damos más.
Volvemos al juego. Queda poco para el final, seis minutos. Cuatro puntos que debemos deshacer. Saca Mario, le pasa el balón a Carlos. Trotamos a la zona de ellos. No nos marcan a presión, hace una zona mixta que a veces nos asfixia y a veces nos da espacio. Me pasan el balón. Me pesa. Veo el aro lejos. Mi marca me ve cansado, agotado, dubitativo. No me marca, me da espacio. Estoy parado cerca de la línea de triple. Yo era bueno en este tiro, pero hace mucho tiempo no lo intento. Mario y Danilo ingresan a la zona. Alejandro me grita desde el otro lado de la zona ¡Tómalo! Yo veo el aro a lo lejos, dudo, ¿Lo tomo? ¿Cómo en los viejos tiempos? Sigo dudando, me preparo, el muchacho no se me acerca, me deja acomodarme. Inclino el cuerpo, flexiono las piernas, dirijo el tiro. El muchacho se da cuenta que voy a lanzar y se apresura a marcarme, pero ya es tarde. Lanzo. Cuando lanzo el muchacho me toca la punta de los dedos, pero dejo llevar mi mano por el golpe y me la empuja, el árbitro pita falta enseguida. El balón sigue su parábola, todos miran la bola en el aire, cae, cae, los postes batallan por la posición. El balón entra. Nítido. Seco. Limpio. Cesta de triple. Y falta. Mis amigos me miran, estallan en júbilo. Gritan. Vienen hacia mí, me abrazan. Chocan su pecho contra el mío en señal de poderío. Yo sin aire, sin aire, solo sonrío. Tengo un lance de tiro libre. Si hago esa cesta empato el partido. Toman posición los postes. Me pasan el balón. Miro al aro. No siento fuerza en el brazo, es seguro que fallaré el tiro. Flexiono. Lanzo. Sé que va mal lanzado. Se va hacia un lado, toca el aro, rebota en el tablero. Mario logra tomar el rebote, duda, le grito ¡Arriba! Salta con toda su fuerza y lanza. Suena el golpe que le da el muchacho en el brazo y a la vez el balón choca en el tablero y entra en el aro. Cesta. Y de nuevo, falta. Samuel se quiere morir. Nosotros volvemos a celebrar. Ahora vamos arriba por un punto. No podemos creerlo. Celebramos, gritamos, felicitamos a Mario. Toma el tiro libre y convierte. Dos puntos arriba. Es una dicha. Es un milagro. Cinco minutos de juego. Defenderemos esa cesta con la vida.
39
Hacemos el juego más rudo de lo que venía siendo hasta ahora. El público nos chifla, nos insulta, nos abuchea. Los muchachos soportan algunas faltas algo fuertes. Quedan tres minutos. El partido sigue arriba una cesta para nosotros. Un muchacho de capitals entra rompiendo nuestra zona. Alejandro, que juega de centro, le da una palmada en el brazo cuando va a lanzar. El árbitro pita falta antideportiva. Nustros jugadores reclaman. Alejandro reclama. Yo no sigo nada, sé que fue una falta muy fuerte y no iba al balón, sí es antideportiva. Alejandro protesta. Los jueces lo recriminan, parece como si lo regañaran. El juez que pitó la falta le responde también airadamente. Alejandro lo insulta. El juez pita falta técnica. Otros dos tiros. Entonces pierdo el control, y de espectador paso a agente ofensivo. Grito. ¿Cómo así que técnico? ¿Por qué técnico si usted fue el que propició en insulto? Mis gritos hacen eco en las tribunas. Toda la gente se calla. Ven mi rabia en la mirada. Los jueces quedan en silencio, de la fraternidad a la discusión. Nadie me responde, no me dicen nada. Se nota el respeto que me tienen. Respiro profundo. Ya lo dije. Ya me desahogué. Ahora me calmo. Les doy la espalda. Camino a la mitad de la cancha. Tienen cuatro tirlos libres, dos por la falta y dos por el técnico. Si los convierte todo se irán ellos dos puntos arriba. Trato de calmarme, respiro profundo.
40
Los muchachos convirtieron dos de los cuatro tiros libres. Samuel no se ahorró el insulto por fallar los otros dos. Reponen ellos. Toman la ofensiva. Tratamos de defender como podemos, sin faltas, porque ahora los jueces están en nuestra contra después de semejante forma de gritarlos. Yo merecía la falta técnica o la expulsión directa. No sé porqué no lo hicieron. Atacan. Defendemos. Lanzan el tiro. Lo convierte. Nos miramos desilusionados. Los chicos celebran. Salgo a correr con mi último aliento. Corro. Mario busca todas sus fuerzas. Corro. Tira el balón de lado a lado. Lo cojo, sigo en mi carrera. Voy solo. Un paso, dos pasos, lanzo. Cesta. Empatados de nuevo.samuel vuelve a levantarse de la silla desesperado. Los regaña. Le da indiacipnes a alguien en su banca para que entre al juego. Es Chiki. es Chiki. mis amigos celebran mi salida rápida. He quedado sin aire. Empaté el partidop. Y Chiki vuelve al juego.
41
Entra. Parece volver a su hábitat. Se ve feliz. Siempre que entra se ve feliz. Sonríe. Les da indicaciones a sus compañeros. Camina hacia nuestra zona. Atacan ellos. Hubo un saque lateral. Aún no se reanuda el juego. Chiki se hace cerca de mí. No tendría por qué hacerlo si atacan ellos. Yo me acerco también un poco. Estoy cansado. Siento un abismo en el abdomen. Pero no es falta de aire. Es miedo, es miedo. Son los nervios alborotados porque lo que voy a hacer. Se me acelera la respiración. Es como cuando termino una gran jugada y siento la falta de aire y respiro muy rápido. Así estoy. Miedo. Angustia. ¡Andrés! Pongo mi mano en su hombro. Él tiene las manos en la cintura. Sabe que soy yo. Me mira de reojo. No voltea a verme, pero me mira por el rabillo del ojo. Su hombro es suave, tiene un poco de sudor. No me habla. No le hablo. Respiro con mucho miedo. Pero no puedo irme sin hacerlo, el juego ya va a acabar y sería trágico para mí que se acabara sin poderlo tocar. Sigue mi mano en su hombro, avanzo lentamente hacia su nuca. Siento su pelo húmedo, la humedad de su piel y de su ropa, su espalda que sube y baja al ritmo de su respiración. Me duele el abdomen por los nervios, respiro muy agitado, hiperventilo, pero no quito mi mano. Bajo. Dios mío, bajo. Él lo permite. El juego no se reanuda. Que siga así. Bajo por su columna vertebral muy lentamente. Dios mío. Sigo bajando. Él me mira de nuevo por el rabillo del ojo. Paso por la mitad de sus omoplatos. Siento sus vertebras, una por una. Siento el número estampado en su camiseta. Siento su piel caliente. La humedad de su sudor. Andrés, que estás haciendo. Nadie nos ve, están atentos al muchacho de Capitals que va a sacar. El juez entrega el balón. Pronto se acabará esta dicha de tocarlo. Sigo bajando. Siento la curva de su espalda. Dios mío. El sigue viéndome. Que haces Andrés. ¡Por Dios! Sigo bajando. La curva es más definida. Siento cómo llego a su cadera. A su cadera. A su cintura. Bajé por su columna. Estoy en su cintura. En ese lugar. Sigo bajando. El sigue viéndome sin verme. Andrés que vas a hacer. Llego a su pantaloneta. La tomo, la tiro y la suelto. Suena el caucho al volver a su posición, un choque contra su piel. Siento como si lo hubiera desnudado y él lo hubiera permitido. El partido inicia. Me alejo. Mi mano queda ardiendo. Él se queda inmóvil, petrificado. Y yo también estoy en shock, con el pecho a punto de reventar de nervios y de alegría.
42
Sigue empatado el juego. Ellos atacan y fallan. También se ve el cansancio en su forma de jugar. Nosotros hacemos lo que podemos con las pocas energías que nos quedan. Chiki no ha tocado el balón. Yo tampoco. Somos solo cuerpos que corren en la cancha.
Diez. La mesa de control indica que faltan diez segundos. Ellos atacan. Subimos la zona para que no tomen el tiro.
Nueve. Miro a Chiki. mi hermoso niño, tierno. Se ve concentrado.
Ocho. Rotan el balón, indicamos las fallas de la defensa y las corregimos.
Cinco. Cuatro. Tres. Va a lanzar. Carlos se acerca a él. El muchacho toma el tiro incómodo. Falla. El juez pita el final del partido. Igualados.
Ellos se miran con cara de decepción. Samuel los regaña. Nosotros celebramos. Es una gesta, un partido épico.
Ahora jugaremos cinco minutos más. Es probable que perdamos porque todos tenemos cuatro faltas y estamos sin aire. Pero lo que hemos hecho hasta ahora ya es muy valioso. Nos felicitamos. Saldremos con la cabeza en alto y la conciencia tranquila, dejamos todo en la cancha.
Yo también saldré tranquilo porque pude tocarlo. Con un millón de dudas, porque dejó que lo tocara. Saldré pensando en él y así pasaré varios días. Tal vez no volvamos a vernos. Tal vez no volvamos a jugar. Dependerá de que nuestros horarios de juego coincidan. Si la suerte nos hace cruzar de nuevo en este torneo. Ojalá se dé, me gustó enfrentarlo. Y si no, qué lástima. Pocas veces, casi nunca, he sentido lo que sentí hoy. Esas ganas de mirarlo, de tocarlo, de conocer su nombre, de verlo jugar y ganar. De verlo sonreír.
Empieza el extra tiempo.
43
A ellos se les nota más el miedo que a nosotros. Nosotros ya no tenemos nada que perder. Defendimos nuestro nombre, la historia, es status. Ellos están obligados a ganarnos por su juventud y porque entrenan más. Y aún así no han podido.
Intercambiamos dos cestas seguidas. Se eleva el marcador cuatro puntos más. Los jueces están atentos. Ya me perdonarón el grito porque me sonrieron cuando se acabó el partido. Quieren que ganemos nosotros. La gente está emocionada, van por ellos, aunque hay algunos que nos hacen barra a nosotros porque somos solo cinco. El juego sigue. Defendemos. Un muchacho lleva el balón por el lado de Mario, inicia doble ritmo. Mario trata de evitar el cesto. Le grito: sin fal-…
ta.
Comete su quinta falta. Sale del partido. Muestra su cara de pesar, pero va satisfecho. Nosotros lo vemos con tristeza mientras sale y se sienta en la banca. Ahora solo somos cuatro. Cuatro contra cinco. Inicia de nuevo su ofensiva, el chico del balón dribla hacia mí. Me quedo quieto. Choca conmigo. El juez pita falta. Estoy seguro que es a mi favor pero…
No. Es a favor de él. Intento alegarle pero me arrepiento. Que dolor. En una sola jugada hemos salido Mario y yo del juego. Volteo a ver a mis compañeros, como pidiéndoles perdón. Se quedan ellos tres. Ahora tres contra cinco. Me siento. Los muchachos atacan. Cesta. Arriba ellos por dos puntos. Ya no hay nada que hacer.
44
Corre. Hace la cesta y me mira.
Corre, va a defender, y me mira.
Ganan el balón, mi equipo está sin aliento, ya quieren que termine el tiempo. Corre, le pasan el balón, inicia el doble ritmo, cesta. Me mira.
Corre a defender y me mira de nuevo.
¿Se conocen? Me pregunta Mario. Porque lo mira mucho, hace cualquier cosa y lo mira. Me quedo pensando en qué responder. Si digo que no, será extraño, me preguntará por qué me mira tanto si no me conoce. Le digo que sí. Nos conocemos de otro torneo. ¿Entonces son amigos? De nuevo dudo. Tendré que explicar cualquier respuesta. Sí. Somos amigos. Mario sigue mirando a Chiki y Chiki sigue mirándome a mí. Se nota. Se ve que se conocen. Juega bien ese muchacho. Y cambia de tema. Me alegro al ver que no ha pasado nada, que no sospechó nada.
Pocos segundos para el final del juego. Qué lástima haber perdido. Pero qué gran juego, qué gran día. Qué lindo niño he conocido. Tal vez no vuelva a verlo pero con todo lo que ha pasado hoy me conformo.
Los jueces ya indican que se acabará el juego. Ganan ellos por ocho puntos. Tremendo partido nos hemos jugado. Samuel ya se ve satisfecho, aunque en su cara se ve el malestar por no haber podido destruirnos en la cancha con su equipo de jóvenes estrellas. Y listo. Los jueces pitan. Fin del juego.
Fin.
Chiki me mira. Lo miro. Me sonríe. Le sonrío. Fin.
Él camina a su banca. Me reúno con mis compañeros. Nos felicitamos. Qué gran partido señores. Qué gran partido.
Los muchachos vienen a saludarnos. Samuel también. Que partidazo Motta. Me dice. Estás jugando muy bien. Le doy la mano y le sonrío. Ahí me mantengo, le digo. Partidazo, me dice, y me da un abrazo. Luego llegan sus muchachos. Me saludan todos con cara de admiración. El muchacho moreno y atlético me saluda como a su ídolo. Qué partidazo Motta, usted juega muy bien. Le doy un abrazo cordial. Usted jugará mucho mejor. Siga así muchacho, juegue limpio como sabe, y siga entrenando, llegará lejos. Lo suelto. Me sonríe. Me dice gracias y se va. Y ahí viene él. Saluda a mis compañeros. Dios mío ahí viene él. Sé que será la última vez que lo toque. Ya siento pena. Ya siento dolor. No lo veré más. Llega a mí. Dios mío que lindos ojos. Me mira a los ojos y me sonríe. Que buen juego me dice. Su voz es de adolescente consentido. Qué bien jugado. Extiende sus brazos y me abraza. Él me abraza. Pone sus brazos debajo de mi pecho, me envuelve, me abrazo por la cintura. Yo lo abrazo también. Lo abrazo por el cuello. Siento su oreja junto a mi mejilla, su pelo húmedo, su olor a humedad, a sudor, lo siento limpio y sudoroso a la vez. Se alarga en el tiempo nuestro abrazo. Me aprieta fuerte. Yo paso mi mano entre su pelo húmedo. Y con la otra toco su espalda. Chiki quisiera besarte aquí mismo. Chiki quisiera saber tu nombre.
Qué gusto haber jugado contra usted, Motta. Me dice, aún abrazado a mí. Sí, fue un gran partido, inolvidable. Le digo. Me suelta. Me mira. Pongo mi mano en su mejilla y le doy dos suaves golpes. Me sonríe. Y con su sonrisa me mata. Me abre un abismo en el pecho. Se da la vuelta. Y se va. Chiki se va. Chiki se aleja. Siento… el gran dolor de la vida. Suspiro. Doy a gracias a Dios por ponerme en este lugar. Por sentir su cuerpo y su alegría. Doy gracias a Dios por haberme enseñado a jugar básquet. Y se va.
45.
Y siento un vacío... y siento su ausencia desde ya. Y siento que ya no será lo mismo el juego, pisar el suelo de los coliseos, tocar el balón... Y siento que estuve en un sueño y que ya todo acabó.
Siento su sudor en mi mano, la sensación de su pelo húmedo en mi mano, la sensación de sus mejillas suaves en mi mano.
Y su voz en mi oído. Me duelen las costillas donde puso sus manos. me duele la cintura donde puso sus manos.
46.
Nos vamos. Los jueces se despiden de mí con amabilidad. Me hacen bromas por la forma en que los grité. Mis compañeros admiran mi amistad con todos los jueces. Salimos al carro. Mis compañeros van sonrientes, se ven adoloridos, cojos, caminan lento, pero llevan una enorme sonrisa en su cara. Yo sé qué tengo. Siento alegría porque jugué como hace mucho tiempo no jugaba, y siento un dolor, un nudo en la garganta, un enorme vacío en el pecho. Como si hubiera dejado ir un sueño, como si hubiera faltado muchas cosas por hacer. Pero de todos modos, lo hice todo, me digo y sonrío. No me faltó nada, me digo, ¿o sí? Tal vez preguntarle cómo se llama, pedirle el número telefónico, su nombre en la red social. Pero no, al fin de cuentas solo es un sueño, un bellísimo imaginario casual que jugó mi juego durante un juego y nada más. ¿Para qué pensarlo? Lo pensaría si él también pensara en mí, pero no será así, estará celebrando con los amigos, celebrará su victoria, nombrará sus buenas jugadas, recordará las buenas cosas que hizo. Y ya. Me olvidará, s es que me recuerda y jamás volveré a saber de él.
47.
En el carro mis amigos no dejan de hablar del partido, me felicitan continuamente. Se ríen, rememoran sus jugadas y se ríen a carcajadas. Yo no hablo, son río con ellos mientras recuerdo a Chiki que me duele en el alma. Chiki.
48.
Al bajar del auto me hacen bromas. Me dejan frente a mi casa, esperan a que entre, se despìden sonrientes. Qué bueno mi equipo. Entro. La mascota de la casa, Cheo, me saluda. Es muy tierno Cheo. La señora de la casa está en la cocina. La saludo. Me pregunta cómo me fue. Le digo que bien, muy bien, pero perdimos. Voy a mi habitación. Dejo la maleta en el suelo, me acuesto, cierro los ojos. Veo su cara, su sonrisa. Abro los ojos. Ya está bien Andrés, no puedes enamorarte. El amor no existe, menos en baloncesto. Me levanto. Me quito la ropa. Voy al baño. Abro la regadera. Solo dejo salir el agua fría.
<<Andrés viste su piel.
Andrés tocaste su piel.
Andrés su espalda.
Su cintura.
Andrés su cadera...
Su pelo húmedo en tu mejilla.
Su mejilla en tu mano.
Su aliento, Andrés, Su aliento
Su respiración agitada
agitada
su cuerpo caliente, que viene y va como el mar
su voz
Su voz muy cerca de tu oído>>
49.
Descanso. el agua fría me reconforta. Siento dolor en las piernas, y tengo algunas contusiones. Nada grave. Se me abre el apetito. Descanso de su recuerdo también. Salgo más aliviado, descargado, menos angustiado. Me visto. Bebo lo que la señora de la casa me ha dejado en la mesita de noche. Cheo llega a jugar conmigo. Lo acaricio.
50.
Me siento frente al computador. Abro el correo. Ingreso a la red social. Tengo dos mensajes. Abro la bandeja de entrada. Mensajes de amigos. Los dos me felicitan porque me vieron jugar hoy. Les respondo. Y hay dos notificaciones. Hay una notificación de alguien que publicó en mi muro. Julián Camilo Ramos. Doy click. Aparece mi muro y el mensaje que está escrito. Dice: "Heee Ganamos!" Doy click, mientras carga, me siento nervioso, me salta el corazón, se acelera el ritmo de mi respiración. Aparece su foto. Sí. Es él. Veo su nombre mil veces. Abro sus fotos. No recordaba que lo tenía en mi grupo de amigos. Al fin de cuenta tengo más de mil en la red social. Soy feliz.
Agradezco la cortesía de Dios que me trajo hasta aquí. Ese milagro que nos puso de frente. Agradezco a mis derrotas, a todas las veces que desfallecí, a todos los instantes en que ya no tuve aliento.
Agradezco todo lo que me ha hecho estar aquí. A cada sensación de ahogo para venir a sentir tus jadeos desesperados. A cada sed que cortó mi lengua para venir a sentir las ardientes, saladas, húmedas gotas de tu sudor.
1
Un balón de básquet nos unió. A ti que eras lo imposible, lo lejano, a ti fui a parar casi asustado. Un balón de básquet ha roto todas las distancias, todos los silencios, ha puesto las palabras en nuestros labios. Y mientras tú haces cada jugada, yo recuerdo cómo aprendí a hacer eso mismo también. Aprendí a hablar tu idioma, aprendimos a hablar el mismo idioma para entendernos el día en que nos encontráramos en nuestro lugar común. Tú y tu equipo: los fuertes. Yo y mi equipo: los débiles. Agradezco a mi equipo por desafiar el tuyo, agradezco al básquet por llevarme a enfrentarte.
2.
Antes de conocerte todo era normal, uno se daba cuenta de los días soleados y no de tus ojos. Eras tú lo desconocido, la gracia aún no palpable, y tu equipo era un equipo lejano. Ese día jugábamos contra ese equipo famoso, un equipo reconocido por tener los mejores entrenadores, un patrocinador que financiaba todos sus gastos y un uniforme fantástico. Hasta entonces no sabía que lo mejor de ese equipo eras tú. Vimos llegar sus jugadores en un autobús marcado con las insignias del equipo. Los veíamos bajarse uno detrás de otro: todos jugadores jóvenes, atléticos, con zapatillas costosas y lujos que exhibían en cuanto podían.
En cambio el nuestro era un equipo desconocido, un equipo pequeño, sin uniformes y sin una táctica definida porque no llevábamos mucho tiempo juntos. Habíamos llegado en el carro de uno de los jugadores, algo apretujados. Un equipo sencillo, de jugadores veteranos, algo panzones, conocedores de todas las mañas del deporte, señores que alguna vez fueron temidos, pero que ya por estos tiempos se conocían como viejas glorias vinculadas al juego solo por costumbre o tal vez por salud. El único joven era yo.
Así las cosas, el partido de ese día tenía un claro favorito.
3.
Más allá del rival, que sin duda nos vencería, ese partido era especial porque yo volvía al lugar donde jugué por primera vez. Tenía diez años y estudiaba en la escuela que queda junto al coliseo. Una mañana el profesor de educación física interrumpió la clase de matemáticas para convocar a los alumnos que quisieran integrar la selección de baloncesto. Me fui con él solo para evadir la aburrida clase. Una semana después estaba jugando la semifinal en medio de esa cancha, en ese coliseo que se me hacía aún más grande, escuchaba las barras de mi colegio apoyándome desde las tribunas. Yo tenía el balón, varios niños corrían hacia mí para quitármelo. No sé si gané el partido. Recuerdo que el coliseo estaba recién construido y lo estaban inaugurando con nuestros juegos.
4.
En ese día en que te conocí reconocía los espacios como los lugares en que aprendí a hacer las cosas que ahora hago.
Volvía al coliseo catorce años después. Noté que el suelo era de goma. No recordaba eso. Tal vez no era de goma cuando jugué ahí en la niñez. Me seguía pareciendo grande. Aún estaban jugando el partido previo. En la tribuna vi a nuestros jóvenes rivales que empezaban a alistarse. No te vi, tampoco te buscaba, estarías por ahí existiendo sin mis manos. Recordé los viejos tiempos, cuando las gradas estaban recién construidas y los estudiantes de mi escuela saltaban y gritaban para apoyarnos. Fue en ese lugar donde recibí mis primeras clases, las primeras instrucciones.
―Agarra el balón con la yema de los dedos. Hay que driblar el balón con una sola mano. Si lo haces con las dos al tiempo pierdes ¿entendido?
―Sí profesor.
(…)
―Ahora debes avanzar. Solo puedes avanzar cuando dribles el balón. Si lo sujetas con las dos manos, o dejas de driblar, ya no puedes avanzar, de lo contrario pierdes ¿entendido?
―Sí profesor.
5.
Mi padre me llevaba a los entrenamientos. Se sentaba en la tribuna opuesta a la entrada principal. Desde ahí me veía jugar. Él quiso que yo jugara fútbol, pero se resignó a mis gustos. Nunca me quitaba la mirada, me seguía y yo siempre buscaba sus ojos cuando hacía una buena jugada o cuando cometía algún error. Siempre me exigió hacer una cesta más que el día anterior.
Un día lo vi lanzar. Tal vez jugó básquet en su niñez porque mostró algo de técnica y después me dejó saber que conocía las reglas.
6.
Cuando aprendí a jugar llegaron los tiempos más ansiados. Entrenábamos para ir a algún lugar a jugar y por fin llegaron esos días.
El primer viaje deportivo fue a los once años a Cali. Éramos todos niños de once años, doce a lo mucho. El calor nos arrinconaba en donde quiera que hubiera alguna sombra. Sudábamos de solo caminar y no teníamos muchas ganas de jugar. Cuando llegó la noche salimos a la cancha, las graderías estaban llenas de gente esperando nuestro partido. El equipo rival era un equipo de grandotes de catorce y quince años. Nosotros estábamos nerviosos. Yo trataba de no mostrar el miedo.
Nuestro uniforme era rojo y casi todos usábamos zapatillas viejas de tela. Perdimos por mucho. Nos humillaron en la cancha. El armador de ese equipo decía: Vamos a darle chocolatico a estos pobres perritos. Yo lo miraba y lo odiaba, y lo admiraba a la vez porque me parecía que jugaba mucho, que era muy bueno, casi invencible.
7.
¡Vamos a darle chocolatico a estos pobres perritos! Nos sentíamos frustrados, no lográbamos hacer algo para vencerlos o al menos darles una resistencia digna. Por más que nos esforzábamos al saltar, ellos llegaban primero a los rebotes, no fallaban sus tiros, todos sus pases eran buenos. No olvidé nunca ese partido, ni a cada jugador de ese equipo. Eran grandes, seguros de sí mismos. Todo lo tenían planeado en el juego, eran muy tácticos. Nosotros en cambio jugábamos nuestro primer partido y no sabíamos qué hacer. Perdimos por mucho. La gente en las tribunas nos apoyó por lástima. Ese fue el primer torneo que jugué y el primer partido que perdí, humillado. Me guardé la rabia. No hice como tú que lloraste, que te fuiste a llorar inconsolable a un rincón cuando perdiste tu primer partido. Quise llorar a tu lado cuando me lo contaste. Caminábamos en Chía y yo imaginaba lo que me decías, te imaginaba arrojado en el suelo llorando por un partido perdido. En mi mente estuve sentado a tu lado todo el tiempo hasta que dejaste de llorar.
8.
Hace unos años fui a un torneo cerca de Cali. Me invitaron a reforzar un equipo. Entré a la cancha, calenté, estiré y cuando vi a los rivales lo vi a él. Lo recordé enseguida. Vamos a darle chocolatico a estos pobres perritos. No paré de humillarlo todo el partido, le hice todas las cestas que quise. Vamos perrito, ¿qué pasa? ¿ya no puedes conmigo? ¿se te acabó el chocolatico? Sé que no me recordó, pero me gustó su cara de derrota, su cara al reconocer sus propias palabras. Cuando terminó el partido sentí que me había quitado una frustración de toda la vida.
Después de contarme tu primera derrota me narraste algunas de tus victorias y fui feliz viendo esas medallas en tu pecho. Y fui feliz viendo cómo levantabas tus trofeos. Te amé derrotado y triunfador desde el primer día. Y te imaginé siempre.
9.
Luego llegaron los días del triunfo.
El partido estaba empatado, quedaban pocos segundos. Los del otro equipo atacaban, lanzaron, fallaron; cogí el rebote, corrí, driblé lo más rápido que pude hacia el otro aro. Me alcanzaron, me hicieron doble marca, creí que perdería el balón, pero vi a Camilo. Le pasé el balón, él dribló, hizo doble ritmo, lanzó y la metió. Cuando el balón pasó la malla el árbitro pitó el final del partido. ¡Ganamos! ¡Ganamos! Fue el primer partido que gané. Hace poco volví a ver a Camilo, sigue siendo un buen jugador. Ya tiene un hijo.
Yo siempre fui un jugador colectivo. Siempre jugué en equipo. Tú, mi pequeño ángel, eres diferente: siempre vas al frente, le pones el pecho a todo, irrumpes, rompes, vas contra todos los muros y los derribas con tu cuerpo... vas...kamikaze como llegaste a mi alma.
10.
Esos primeros juegos de básquet se dieron en esos días inocentes en que todo era memorable. Antes de jugar partidos y de entrenar, había tenido una triste experiencia que me hacía sentir miedo al juego. Tenía miedo de la risa de los otros.
Tenía cinco años y estudiaba en un jardín infantil de Bogotá. La maestra nos llevó a jugar baloncesto en la cancha del parque. Parecía que todos sabían jugar o por lo menos lanzar. Cuando tuve el balón se me hizo pesado y grande, difícil de mantener en mis brazos, lo lancé como ellos hacían: por encima de la cabeza, pero el balón no se alejó ni un metro de mí, es más, casi me cae encima. Todos se rieron de mí. Después, la maestra ordenó una fila de niños. Me hice de último porque ya sabía que era una fila hecha para que todos lanzaran el balón al aro. Todos los hacían bien, no todos convertían la cesta, pero por lo menos tocaban el tablero o el aro. Yo, que era el más débil, estaba nervioso y no sabía qué hacer. Cuando llegó mi turno sentí que el balón era una piedra imposible de cargar. Separé las piernas, me incliné, puse el balón en medio de las rodillas y con todas mis fuerzas empujé hacia arriba, como nunca antes me había esforzado. Vi que el balón se elevó por los aires, lo vi muy lejos, imposible de alcanzar. Fui feliz de solo verlo en el aire. Luego empezó a bajar, a descender y ¡Chus! ¡Cesta! Fue mi primera cesta, una cesta de cucharita. Ellos se reían pero yo estaba feliz: Mi primera cesta. Luego vi que se reían.
Mi primera cesta tal vez se dio cuando tú dabas tus primeros pasos. Yo aprendí primero este lenguaje de guerra. Aquí somos gladiadores. No hay lugar para los débiles. Aquí te espero.
11.
También hubo malos días. Días tristes.
Eran las ocho de la noche. Yo tenía diecinueve años y creía que era el jugador más experto del mundo. Ya era reconocido, inspiraba respeto. Jugaba en un equipo muy bueno en el que yo era el capitán. Faltaban treinta segundos para el final del partido y estábamos igualados a cincuenta y cinco puntos. Era la final, el partido decisivo, el campeón recibía premio y el que perdía no recibía nada. Los jugadores del equipo habían invertido mucho para poder jugar el torneo. Íbamos tranquilos porque confiábamos en que ganaríamos sin dificultad y ahí estábamos, con la posesión del balón tratando de convertir la cesta que desempatara un partido que debimos haber resuelto pero que se nos había complicado por errores propios. Javier dribló, le pasó el balón a Betto, lo marcaron dos, me dejaron solo, Betto me vio, me pasó el balón, me detuve en un tiempo, salté, sostenido, con el tablero: hice la cesta. Celebramos, era la cesta del triunfo.
En seguida atacaron ellos con los pocos segundos que quedaban. Me sentía como el héroe, el autor de la cesta definitiva. Empezaron a rotar el balón buscando a un jugador de apellido Lotta. Sabíamos que lo buscarían a él porque era el lanzador de triples y a ellos solo les servía una cesta de tres puntos. Mis amigos lo marcaron fuerte, pero aún así lo dejaron lanzar, falló, me sentí tranquilo, tomé el rebote, vi la salida rápida, vi a Fabián corriendo al aro rival, todos me gritaron que no se la pasara, querían que asegurara el balón, pero quise hacer el pase largo, como hacíamos siempre, nuestra jugada de siempre.... tiré el balón a Fabián seguro de que él lo tomaría, pero me interceptaron el pase, le pasaron el balón a Lotta y en su segunda oportunidad en diez segundos volvió a lanzar, y entonces la metió, el balón produjo ese sonido cruel al pasar la malla, ¡Chus! Al mismo tiempo el árbitro pitó el final del partido. Era un triple. Ellos ganaban por un punto. Y yo, y yo... y por mi culpa habíamos perdido el campeonato. Lloré como nunca y no quise volver a jugar básquet nunca más, dije que no volvería a jugar nunca, nunca más.
Al día siguiente me lesioné un tobillo aprendiendo a jugar tennis y aunque ya extrañaba el juego, seguía con mi decisión de odiar el básquet para siempre.
No te hubiera conocido entonces. No tendría que agradecerle a la vida por tus labios. No estaría maldiciendo tus labios imposibles.
12.
Pero el básquet siempre da otra oportunidad y te trajo a mí.
Mis amigos me pidieron que los acompañara a la final de un torneo muy importante en la ciudad. A pesar de que era la final, ese día fueron pocos, solo cinco, lo justo para iniciar el partido. Los cinco que estaban jugando lo estaban haciendo bien, iban arriba por mucho, pero se confiaron y de un momento a otro el otro equipo empezó a meter cestas, a remontar hasta que empataron, luego se fueron arriba en el marcador. Mis amigos emparejaron las cosas con mucho esfuerzo. El partido estaba empatado, hasta que Richard cometió su quinta falta y tuvo que salir. No había cambios, en el banco de suplentes solo estaba yo, quien se suponía no iba a jugar. Al ver sus caras me decidí a entrar al juego. Sentía mucho dolor en el tobillo. Quedaba poco tiempo. Durante esos minutos no hubo cestas, solo errores de parte y parte. Yo no había tocado el balón, solo hacía bulto en la defensa y trataba de colaborar de alguna forma en el ataque. De pronto el juez de silla gritó que quedaban diez segundos. Marcaron a todos mis amigos menos a mí, porque yo era el cojo y no representaba ningún peligro, pero ¡oh sorpresa! me pasaron el balón. ¡Cinco! Traté de avanzar como pude hacia el aro ¡Cuatro! Pero avanzaba muy lento por el dolor ¡Tres! luego vi que los rivales corrieron hacia mí ¡Dos! Y Entonces decidí detenerme al comprender que era inútil tratar de correr al aro, o me alcanzaban, o se acabaría el tiempo ¡Uno! acomodé el cuerpo con toda la técnica, tal como me enseñaron, miré el aro y lancé. En ese momento sonó el pito, fin del juego, pero el balón estaba en el aire. La gente en silencio. Mis compañeros veían el balón descendiendo, aproximándose al aro y
entrando... ¡Cesta! ¡cesta!
¡Campeones!
El triunfo en mis manos, la felicidad en mis manos. Todo lo que un deportista sueña. El momento soñado. Todo lo cambiaría por ti. Serías mi mayor victoria.
13.
Fue el lance del campeonato, mi reconciliación con el juego. Recordé a quien me enseñó a lanzar así a los catorce años.
A esa edad no sabía lanzar como se debe. Hacía muchas cestas, pero no tenía estilo, ni técnica. Lanzaba de pecho. Tenía un entrenador a quien apodaban "Ratón". Ratón me dijo un día si lo vuelvo a ver lanzando así, no lo dejo entrenar más en mi equipo. Me explicó que la mecánica de tiro es muy importante porque hace que se conviertan mayor número de cestas y asegura que en momentos de tensión el cuerpo sepa cómo reaccionar y actúe mecánicamente. Me hizo acostar bocarriba y así practicar la forma de lanzar el balón, lanzándolo de tal forma que el balón girara en el aire y al caer fuera a mi cara para ahí tomarlo de nuevo. Entrené por muchos meses hasta que lo aprendí. Desde entonces lanzo así: pongo el balón un poco más arriba de la frente, sujeto el balón con la mano derecha y con la izquierda aseguro la dirección, alineo el cuerpo con los pies y brazos, lanzo muñequeando para que el balón tome un efecto que lo haga descender cuando choque contra el tablero.
14.
Después llegaron los momentos de dolor.
Sucedió cuando mejor estaba jugando, cuando atléticamente era muy fuerte, técnicamente estaba bien formado y estaba acumulando experiencia de juego. Fue una lesión muy dolorosa, bastante grave. Ahora tengo que jugar sin poner el riesgo el brazo, desobedeciendo la orden médica de que nunca vuelva a jugar básquet. Ni siquiera debo nadar.
Fue en un parque. No conocía a nadie de los que jugaban ahí. Ya sabía la advertencia de parte de mis entrenadores, ellos decían que no jugáramos en los parques para evitar lesiones, accidentes y agresiones. Sobre todo agresiones. No es bueno jugar sin un árbitro, decían. Pero yo los vi y jugaban bien, no eran bruscos y se veía interesante el juego. Entré a jugar. Después de un rato ya dominaba todo, cogía los rebotes y todos mis lances eran cesta. Uno de los jugadores empezó a molestarse porque yo siempre le ganaba las jugadas. Cuando intenté atrapar un rebote con el brazo izquierdo, él me haló con todas sus fuerzas hacia atrás y me dislocó. Fue un dolor horrible, vi que mi brazo se había salido de la articulación del hombro. No sabía qué hacer, solo gritaba. Me subieron a una ambulancia, todo el tiempo de espera fue dolor. El peor de todos. En una clínica me redujeron la luxación, pero nunca pude volver a esforzar el brazo izquierdo. Fue mi peor lesión, la más grave. Se ha repetido muchas veces y ya es crónico. No he querido ir a la cirugía. Ya aprendí cómo controlarla. Estaba recién lesionado el día que te conocí.
15.
Lidiando con esa lesión he logrado jugar en grandes equipos, uno de ellos, el de la universidad. Ahí todos son jugadores muy altos. En un principio fui rechazado, el entrenador ni siquiera quiso verme jugar, dijo que yo era muy bajo de estatura. Los jugadores de la selección trataron de convencerlo para que me aceptara, ellos ya me habían visto jugar en torneos y en otros equipos. Pero no se pudo, El coach Tomás dijo que no.
En un torneo al sur de la ciudad el entrenador llevó su club. Cuando lo vi, lo saludé con amabilidad. Él me saludó algo sorprendido. Vi sus jugadores, vi que todos eran altos, juveniles, delgados, jóvenes de diecisiete años, muy talentosos, algo inexpertos, muy veloces eso sí.
El juego arrancó y yo salí a divertirme, a jugar como siempre: no tan vistoso, nada espectacular, pero sí muy seguro, muy efectivo, lanzando contra el tablero, pasando y cortando, asegurando cada jugada, jugando a lo clásico, años ochenta, noventa, poco dribling, mucho pase, lances al tablero. Eso les gusta a los entrenadores, valoran la simpleza. Ganamos, metí veintitrés puntos. Al final, el coach Tomás me dijo que me esperaba al día siguiente en el coliseo de la universidad para que entrenara con la selección.
16.
Poco a poco he ganado un nombre en este mundo del baloncesto. La gente me conoce: los árbitros, los técnicos, los jugadores... Todos saben que fui muy bueno, que mientras la lesión lo permita puedo ser decisivo en un partido.
Ya casi llegaba la hora de nuestro partido. Ya se habían acercado algunos a saludarme. Mis compañeros se veían intranquilos, solo estábamos cinco, solo cinco jugadores, para colmo.
17.
El coliseo de Cajicá tiene una goma de caucho verde en el suelo. Uno se adhiere. No es fácil jugar en un piso así. Enfrentar un equipo tan fuerte como Capitals no era bueno. Ocho días antes en otro torneo habíamos sido eliminados de manera tonta. Íbamos ganando, estábamos jugando bien, todo estaba bajo control. Nos hicieron dos cestas seguidas, por el lado de uno de los jugadores nuevos, y él se estresó, perdió el control, empezó a gritarnos, a ponernos nerviosos, subió el ritmo de juego a uno que no nos convenía. Nos volvimos erráticos, fallamos cestas fáciles, hicimos faltas innecesarias. Perdimos.
Así que teníamos el ánimo por el piso. Lo bueno, tal vez lo bueno, era que el jugador culpable del asunto no había ido al partido contra Capitals. Sin él tal vez jugáramos mejor, como siempre. Él era uno de los refuerzos. Los otros jugadores de refuerzo tampoco fueron al partido. Mis compañeros estaban nerviosos por eso, a mí no me preocupaba de a mucho, de todos modos íbamos a perder. Y no es que me diera por vencido, es que sabía que era muy difícil hacerle frente sin cambios a tu equipo.
No me preocupa perder. Ya en ese tiempo no me preocupaba perder, ya había ganado lo que había que ganar. Ya jugaba por gusto, lo daba todo en los partidos, como hoy, el resultado: lo de menos. La vida te va enseñando la esencia de las cosas, la esencia del juego no está en la victoria. En ese juego, por ejemplo, lo esencial del juego eras tú.
18.
Me puse el uniforme. Siempre he jugado con el número siete, y ese uniforme también tenía ese número. Me puse las zapatillas: Adidas Howard. Las amarré fuerte. Siempre me he sentido seguro con esas zapatillas. Era un uniforme negro. Pero no era el mismo de los otros porque no teníamos el mismo uniforme, solo coincidíamos en el color.
Se terminó el partido previo, ya era nuestro turno. Vi los rivales caminando a la cancha, y entonces te vi: ingenuo, pero orgulloso; inocente, pero lleno de picardía; indefenso, pero agresivo; seductor pero intocable; infantil; todopoderoso; rebelde; altanero; noble. Desde entonces te quise. Desde entonces te quiero. No es que vaya de cancha en cancha amando los rivales. No. Eso solo pasó contigo, fue como si te pusieran ahí para mí, y a mí me pusieran ahí para verte. Para desafiarte.
Juguemos al amor, a ver quién vence.
19.
Agradezco la cortesía de Dios que me dio las fuerzas para enfrentarte. A ti que no hablas mi idioma. A ti que te burlas de las letras. A ti que tienes otro mundo ante los ojos. Agradezco la piedad del destino que me dio un lenguaje común con tu forma de ver la vida.
Entonces tuve todas las ganas de vencerte, de grabarme en tu memoria, de ser alguien fijo en tus recuerdos. Quise estar muchas veces ante tu cuerpo evitando tus cestas, ansiando tus cestas, haciéndotelo difícil.
Todas las cosas que me llevaron a ese momento: las amé. Cada segundo que me hizo coincidir con tu mirada, estar ahí. Sentirte.
20.
Miren a un ángel jugando baloncesto. Miren cómo nos deslumbra. Miren cómo nos vence. Cómo me gusta ser vencido por su valentía. ¡Miren! Miren cómo rompe nuestras defensas, un ángel, cómo nos enfrenta. Todos los hombres vencidos damos gracias a Dios por ser heridos por su mano. Sobre todo yo. Antes de todos, Yo. Nadie más que yo quien soy a quien él más mira. Soy a quien más él quiere vencer.
Está bien. ¡Juguemos!
PRIMER CUARTO
Agradezco a la suerte. A ese instante en que el balón llegó a mis manos. Ese milagro que nos puso frente a frente. A todas esas decisiones que me pusieron aquí: delante de tus ojos que me quitan la valentía, delante de tus ojos que me devuelven el aliento para continuar luchando, contra ti, amor, en contra tuya.
Agradezco a cada momento en que tuve la gloria que hoy entrego a tus manos para que venzas, para que seas el héroe, el vencedor, para que tenga que agradecerte la derrota más bella.
1
Entro a la cancha. Siento mis pasos adhiriéndose al caucho del suelo. Hay un pequeño eco en cada paso. Los jueces caminan hacia mí, me saludan, son amables; me preguntan cómo sigo de mi lesión. Bien. Bien. Ahí voy. Mucho cuidado Andrés, no te esfuerces demasiado. No, jugaré con cuidado.
El entrenador del equipo rival también se acerca a saludarme. ¿Qué tal Andrés? ¡Hola Samuel! Él ha vivido una historia parecida, era muy buen jugador, talentoso, triunfador, pero su rodilla le impidió seguir jugando a un nivel exigente. Me pregunta el porqué juego con esos señores tan veteranos. Le digo que son mis amigos, algunos fueron mis maestros. Él lo comprende, él también juega en un equipo con sus amigos de juventud.
Los rivales se alistan, mis compañeros se alistan. Voy a mi banca.
2
Vuelvo a la cancha para calentar. Empiezo trotando de un lado a otro en la mitad que nos corresponde. Los miro: son muchachos altos y delgados. Se nota que son rápidos. Caliento mis músculos. Incremento el ritmo para que suba la temperatura, los músculos se sueltan, las articulaciones se aceitan.
Al otro lado hay doce muchachos. En mi equipo solo estamos cinco. Tomo un balón. Lanzo. Me quedo corto. El triple está bastante lejos. Hago doble ritmo, siento un poco de dolor en las rodillas, fallo. Aún estoy frío. El tablero recibe cualquier lance, es un tablero viejo, pero el aro está algo alto, será mejor tomar tiros de media distancia. Ahora estiro, le hago mucho movimiento al hombro. Mi hombro izquierdo. Siento cómo traquea, cómo se acomodan los ligamentos.
El árbitro señala que quedan tres minutos de calentamiento. Solo tres. Hay que correr, exigir la calistenia. Balón. Corro. Cross Over. Lanzo. Vuelvo a fallar. Corro. A un lado. Al otro. Zig-zag. Zig-zag. Reversible. Bajo el ritmo.
Troto hacia la mitad. Hay un niño en ese equipo que sobresale entre los otros. Miro su cara…
Su blanca cara. Limpia cara… no te desconcentres:
El aro. El tablero. Su suave cara… sus cejas… ¡El balón!
¡El balón!
El-Ba-Lón
Un minuto.
Los dos equipos a sus bancos.
3
Es un niño de diecisiete años. Tal vez dieciséis. Uno setenta y cinco. O cuatro. Uno setenta y dos. Es delgado. Tiene el pelo largo y liso, color… ¿rubio? (…) color castaño claro. Tiene la piel blanca, muy fina, se ve muy suave. Sus hombros son un poco más oscuros, seguro es el sol de sus entrenamientos.
Bueno muchachos, estamos nada más que cinco. Tenemos que imponer un ritmo lento porque si jugamos rápido no aguantaremos. Hay que rotar muchas veces el balón. No hagamos faltas innecesarias. Hay que tener cuidado con su salida rápida. Hagamos nuestro este juego. ¿Usted qué opina Andrés? ¿Andrés?
Sus piernas también están un poco quemadas por el sol, pero siguen siendo claras. No es fuerte, se ve débil en medio de esos cuerpos esculpidos. Parece indefenso en medio de ellos. Parece el peor jugador.
¡Andrés! ¡Andrés!
Ah sí, sí, bueno, lo de siempre muchachos: zona dos uno dos. Danilo y Mario de postes, no quiero faltas, los necesitamos todo el partido. Alejandro juega al centro. Hay que hacer muchos relevos en la zona. Carlos y yo vamos adelante. Carlos como siempre llevará el balón, pero esta vez hay que estar cerca de él para brindarle las ayudas. Si la presión es muy fuerte hay que jugar pantallas. Vamos, a jugar señores, a lo que vinimos. Un, dos, tres: ¡TEKA!
4
Entramos a la cancha. Entran los jueces. Saludo a los jóvenes rivales. Mis compañeros hacen lo mismo. No está el muchacho que vi hace un rato. Miro a la banca del otro equipo y allá lo veo hablando con sus amigos. Cierta desilusión me aborda. Pero sé que tarde o temprano estará en la cancha.
Me preparo para el juego. Son más altos estos muchachos cuando uno está cerca de ellos. El juez central camina hacia nosotros. Los inicialistas de los dos equipos nos encontramos en la mitad. Rodeamos el punto central. Mario irá al salto inicial.
El juez se para en el punto blanco. Los que van a saltar se alistan, se miran. El juez lanza el balón. Los dos cuerpos se elevan. Los demás vemos arriba, el balón en el aire es alcanzado por una mano que lo empuja a otra mano conocida. Ellos ganan el salto. De inmediato corremos a defender.
5
Hacemos nuestra zona dos uno dos. Lo clásico. Atrás Mario y Danilo. Mario tiene treintaiocho años, es ingeniero y suele beber mucho los jueves y los viernes. Pronto será padre. Su mujer espera el primer hijo. Desde que se enteró anda feliz, ha cambiado su genio, ahora discute menos con los jueces, ya no es tan brusco con los rivales. Danilo tiene treintaitrés, es empresario, tiene una familia perfecta: dos hijos de ocho y cuatro años y una esposa joven. Los jueves y viernes sale a beber con Mario.
Por ahora es Danilo quien patrocina los gastos del equipo.
Capitals avanza hacia nosotros con calma. Sus jugadores toman posiciones.
6
Presiono a quien lleva el balón. Lo obligo a pasar. Tengo que correr a presionar a quien recibió la bola. Él devuelve el balón al anterior. Carlos llega a presionarlo. Quien tiene el balón lo pasa al muchacho que Carlos ha dejado libre, es un lanzador. Él toma el balón, flexiona, mira el aro, acomoda el cuerpo, lanza. El balón se eleva, hace una parábola perfecta. Los postes forcejean para ganar la posición. Pero es inútil, el balón entra en el aro. El sonido de la malla nos duele. Primera jugada, un triple. Es una jugada habitual, típica de los equipos jóvenes. Arriba ellos tres a cero.
Mario toma el balón para sacar. Esperábamos que los muchachos fueran a su zona a defender, pero se han quedado junto a nosotros para marcarnos hombre a hombre. Así será más difícil. Mario se la pasa a Carlos. Enseguida su marca lo presiona. Carlos gira, corre en dirección al área rival, pero no se aleja, su marca es un muchacho más rápido. Voy hacia él para ayudarle, me ve y me pasa el balón.
Mi marca es un muchacho alto. Lo miro, no pierdo la calma. Somos él y yo. Driblo. Él avanza hacia mí para quitarme el balón. Corro en una dirección y él me sigue sin problemas, pero cambio de sentido de repente y él queda ahí, sin reacción. Corro. Él no me alcanza. Avanzo hacia el aro contrario. Llega otro muchacho a relevar mi marca. Miro a quién marcaba el nuevo rival y veo que Alejo está libre. Se la paso. Ahora los dos muchachos corren desesperadamente hacia él. Quedo libre. Corro hacia mi punto fuerte. Alejo me devuelve el balón. Miro el tablero. Lanzo. ¡Cesta! A la antigua: con tablero, pase-corte, doble. Tres a dos abajo.
7
Después de cuatro minutos el juego está cerrado. El marcador es doce-once arriba ellos. He marcado siete puntos. Todos aguantamos el ritmo que los muchachos nos imponen. Aún. La presión es buena pero no nos complica demasiado. Tenemos la experiencia para no asustarnos por la presión de estos niños. Nos crea más problemas su poder ofensivo. Es difícil defender sus ataques.
El técnico de ellos ordena un cambio. El primer cambio. El juez central lo autoriza. Veo entrar al muchacho hermoso. Él corre hacia mí. Me sorprende que lo metan tan rápido, suponía que era el peor jugador del equipo. Tiene el número ocho. Sigue hacia mí. Su pelo se mueve cuando corre. Se para junto a mi cuerpo, agarra mi jersey, trato de alejarme pero sigue a mi lado. Será mi marca. Es más bajo que el otro, más ágil. La marca adecuada, la marca perfecta para mí.
8
¿Ya estás listo para marcarme? ¿Crees que puedes hacerme frente?
Según tu entrenador, eres mi contrapeso ideal. Si me ha cambiado la marca y te ha puesto a ti es porque cree que eres el indicado para detenerme. Ahora sé que eres bueno, que tu estampa de indefenso no es real. ¿Más velocidad? Tu entrenador cree que es un joven más veloz quien puede opacar mi juego.
No te ves muy fuerte. Él ha cambiado un jugador alto y fuerte por uno más ágil y veloz, pero más débil.
Alístate. Yo me sé todos los trucos. ¿Ya estás listo para marcarme?
9
Saca Mario. Así hemos hecho en todo el juego. El primer pase es a Carlos para que transporte el balón. Danilo corre al área rival para descongestionar el avance. Alejo está cerca por si hay que ayudar a Carlos, y Mario, después de sacar, corre hacia el posteo ofensivo. Carlos Dribla. Tratamos de desmarcarnos, pero nos siguen. Mi marca me toma de la camiseta.
Tócame. Tócame así. Rompe mi ropa. Desnúdame.
Corro a darle la ayuda a Carlos. Mi marca corre detrás, me toma de nuevo de la camiseta para que no me aleje.
No me dejes ir. Corre conmigo. Cógeme.
Doy un golpe en su mano para soltarme. Me suelta. Corro. Carlos me la pasa. Mi marca llega enseguida a hostigarme.
Fastídiame. Acósame. No me des espacio. Agítame. Agota mi cuerpo.
Me enfrenta. Hago una finta. Él la cree pero vuelve enseguida. Toma su posición defensiva. Es difícil engañarlo.
No me creas. Sigue a mi lado. No me abandones.
Corro. Él sigue conmigo. Me quita espacio. No controlo bien el balón por su culpa. Trata de quitármelo pero recupero la posición. Me aborda por el otro lado. De nuevo protejo.
Humíllame. Evidénciame. Quítame todo.
Es una marca muy difícil. Es muy ágil. Pierdo de nuevo el control del balón porque no me da espacio. Él intenta tomarlo. ¡Me lo va a quitar! Giro el cuerpo, lo pongo entre el balón y su cuerpo. Él no alcanza a detenerse, me empuja suavemente pero yo exagero, me quejo para engañar a los árbitros y me dejo llevar como si hubiera sido un empujón muy fuerte. El árbitro pita falta.
Pequeño ángel! ¡Pequeño ángel! Aún eres muy inocente y yo me sé todos los trucos. No te confíes.
El muchacho protesta. Los dos sabemos que no fue falta, que exageré porque me sentí perdido. Me mira a los ojos. Lo miro a los ojos.
¡Mírame! ¡Ódiame! Así tal vez me gustes más. Yo también puedo vencerte, también sé cómo hacerlo.
10
Mis compañeros me miran. Danilo sonríe, sabe que fue mi último recurso (lo he aplicado contra él), sabe que ahora la tengo más difícil, pero lo disfruta, nos gustan los partidos complicados. Sonríe porque admira mi modo de engañar a los jueces, "mi cancha" "mi experiencia" dice él. Ahora no será tan fácil encestar. Mi nueva marca, mi hermosa marca no me da ni un metro. Va hacia donde voy. Deja de protestar, vuelve a mi lado. A donde voy, él va, me asfixia.
El árbitro reporta la falta a la mesa de control. Hermoso número ocho. Como me gusta ver tu piel que ya empieza a sudar. El otro juez le entrega el balón a Mario para que saque. Es un saque de banda. Veinticuatro segundos para atacar. Los muchachos nos marcan de cerca. Mi marca me agarra. Huele a una loción que yo tuve hace mucho. Me gusta su olor. No me da espacio. No me puedo desmarcar. Sus hombros ya empiezan a sudar. Tu sudor... Te haré sudar.
11
Amenazo con irme para un lado, pero giro y me voy para el otro. Él se aleja. Mario me pasa el balón. El chico retoma la marca, se ve más cuidadoso ahora, sabe que no puede venirse con toda su furia porque tengo muchos recursos, entre esos, la falta si no tengo más opción. Está perfilado, sabe que soy diestro. Piernas flexionadas, el peso en la punta de los pies, no se apoya en los talones. Los brazos separados ganando espacio, la vista en el balón. Miro su cara, su concentración, cada detalle perfecto de su postura defensiva.
Veo que Carlos se esfuerza para desmarcarse y lo consigue. Le paso el balón porque él es el armador. El muchacho que me marca se desilusiona. Lo sé porque se pone erguido de nuevo con un gesto de decepción muy desafiante. Quiere revancha, quiere que lo enfrente, no le gustó que haya entregado el balón. De nuevo me toma de la camiseta y camina muy cerca de mi cuerpo. Corro. Va conmigo. Siento el jalón en mi ropa. Si sigue así exageraré de nuevo y le haré pitar otra falta personal. Si exagero mucho tal vez sea antideportiva.
Carlos dribla. Vamos un punto abajo. Mitad del primer cuarto. Hora de hacer cestas, señores. Juguemos con este hermoso niño.
12
Corro hacia el punto de tiro libre. Mi marca me sigue. Carlos dribla hacia un extremo de la cancha. Tomo posición. Hago que el muchacho quede detrás. Siento su pecho en mi espalda.
Se agita tu corazón.
Pongo mi mano en su abdomen y lo separo de mí. Con la otra mano pido el balón.
Siento el vaivén de tu pecho, el sube y baja de tu abdomen.
Trata de quitar mi mano para marcarme más cerca. No lo dejo. Le agarro la camiseta. Forcejeamos.
Forcejeemos a ver quién va primero.
Carlos me ve, sabe que tengo la posición adecuada y haré una jugada de posteo. Sabe que mi marca no es un poste, es un muchacho más bajo que yo y dará resultado. Me pasa el balón. Lo tengo alejado con mi brazo izquierdo. Tomo el balón con mi mano derecha. Él se acerca, quito el brazo izquierdo. Nuestros cuerpos se juntan. Te siento como una hoguera atrás mío. Driblo una vez. Dos. Con cada peloteo avanzo hacia atrás empujándolo con la espalda. Con el primer empujón siento un quejido de su parte, ¿Así te quejas, amor mío, por mis envestidas? Ha perdido el aire. Para el segundo envión se prepara, se aleja de mi cuerpo, me recibe con el antebrazo haciendo contrapeso. Estás listo para recibirme ahora sí. Driblo. De nuevo impongo mi cuerpo. Él se hace más fuerte pero no aguanta. Me giro. Uso el pivote izquierdo. Quedo frente a él, finto, él salta, cuando salta lo espero, lo veo en el aire, busco el lanzamiento, busco a la vez el choque, él trata de evitarme pero es inútil, me choca cuando voy a lanzar. Me quejo exagerando el contacto y lanzo. Al tablero. El árbitro pita falta. Su segunda falta contra mí en menos de un minuto. Y el balón entra en el aro. ¡Falta y vale! Mi equipo celebra. Yo celebro. Veo sus ojos y me arrepiento.
13
Su coach lo regaña, lo grita. Yo quisiera defenderlo, pelear por él. Mis amigos siguen celebrando. Quisiera decirles que no hay nada de qué celebrar porque el pequeño ángel está triste. ¿Es que no ven que se le ha esfumado la alegría de su rostro? En el otro equipo piden un cambio. El muchacho alto y fuerte se prepara para entrar. Veo que mi ángel avanza triste hacia la banca de su equipo, el otro entra. Le dicen Chiki a mi muchacho. Lo regañan. ¡Chiki maldita sea! ¡Chiki así no se marca! ¿Chiki le advertimos que a él había que marcarlo con cuidado! ¡Chiki siéntese y descanse!
Chiki me mira desde la banca, me odia. Me arrepiento. Me paro en el punto de tiro libre. Los postes toman posición. El juez central me pasa el balón. Quisiera fallar para que no caiga más culpa sobre Chiki. Flexiono. Estiro el brazo, muñequeo, lanzo. ¡Cesta! Dos puntos arriba. Mi equipo va a defender. Regreso trotando hacia atrás. Miro la banca rival. Chiki sigue mirándome. Quiero pedirle perdón, susurrarle. Ya quiero tenerlo en la cancha otra vez, sentirlo. Ya lo extraño. Vuelve Chiki. Vuelve. Me gusta que me marques, vuelve. Ya no te haré mas cestas. Vuelve. Te dejaré ganar para que sonrías.
14
Atacan. Rotan el balón entre ellos. Tienen buen manejo. Saben ubicarse para hacer que nos movamos mucho. El muchacho que entró por Chiki me enfrenta. Lo odio de entrada. Se acerca, amaga. Sé lo que hará. Es lento, predecible. Amenaza para un lado. Va hacia el otro. Lo dejo creer que lo ha hecho bien. Él da un paso, otro paso, hace el doble ritmo. Yo tensiono los músculos de las piernas, flexiono y salto. Lo gardeo. Golpeo su balón justo cuando va a lanzar. Mis amigos gritan, lo humillan. El balón le cae a Alejandro, se lo pasa a Carlos. Corro. Corro como nunca, corro como antes, como cuando era niño en este coliseo. Carlos me ve. Es mi mejor partido desde hace mucho, como cuando no estaba lesionado. Recibo el balón, un dribling. Pura velocidad. Otro dribling. Llego a la zona rival. Estoy solo, volví a ser veloz. Doble ritmo, cesta. Miro a la banca del otro equipo, miro al coach: él sonríe. Parece decirme que no estoy tan viejo como dicen, como hago creer, que estoy volviendo a ser como antes. Le guiño el ojo porque jugamos en contra muchas veces y nuestros duelos eran feroces, le suplico en silencio que vuelva a meter a Chiki. Pero no. Chiki me mira, me sigue odiando y sigue ahí sentado.
15
Comprendo que necesito jugar rápido porque el chico alto y fuerte, con el número quince, es muy lento. Si juego con velocidad Samuel mandará de nuevo a Chiki a la cancha. Ya no pienso en el equipo. Ya no pienso en la táctica. Ya no pienso en ganar. Si así fuera pondría un ritmo lento para que mis compañeros no se cansen. Ellos siguen mi ritmo hasta el momento, es el primer cuarto. Pero poco a poco se cansarán y ya no podrán correr como ahora, entonces la presión de los muchachos funcionará por fin y perderemos. Y no me importa, lo quiero a él en la cancha, marcándome, tocándome y para eso tengo que jugar rápido, hacerle ver a su entrenador que necesitan un jugador rápido que me enfrente.
16
El juego sigue. Chiki continúa sentado en su banco. Vamos arriba por seis puntos. Estoy encendido, efectivo como no lo estaba desde hace meses. Y aún así el juego para mí es aburrido. No es lo mismo sin sus manos aquí, sin su fragancia. No es lo mismo el juego sin su actitud retadora.
Si vuelves te enfrentaré mil veces, iré hacia ti una y otra vez hasta que leas mi juego, hasta que encuentres mis puntos débiles, que básicamente son tus ojos. Si vuelves te tocaré. Si vuelves dejaré que estés más cerca, que nuestros cuerpos se rocen.
Veinte-doce. Arriba nosotros. Doce puntos míos. Doce puntos era lo que venía haciendo en todo un partido, ahora los hago en un solo cuarto.
Tal vez me des suerte. Tal vez me motivas, me contagias de tu modo de jugar: al frente contra todos, adelante recibiendo todos los disparos. Sigo enfrentando tu equipo, Chiki vuelve. Ellos no entienden, tú al menos me hiciste acudir a la falta, a los trucos sucios, a los últimos recursos, pero tus compañeros son fáciles de enfrentar, engañables. Prometo que no te jugaré fuerte, te trataré suavemente y dejaré que sobresalgas. Te haré brillar.
17
Acaba el cuarto. Vamos a la banca. Tengo sed. Mucha sed. Es violento el vapor de mis hombros. Estoy agitado. Veo mis compañeros y ya los encuentro cansados. Sus camisetas están empapadas, tienen mucho sudor en la frente, pero están felices. Vamos arriba. Me felicitan. "Está encendido Motta" Sonrío. "Hacía tiempo no lo veía jugar así". Sigo sonriendo. “Parece un niño de lado a lado corriendo". Pienso en él cuando escucho la palabra niño. "Toca que siga así mijo". Sigo con sed. Pero ya bebí algo de agua. Si bebo más no podré correr igual, no podré seguir llamándote. Aguanto la sed por ti Chiki, espero que regreses. Hay que ponerle emoción a este juego.
Los jueces me miran, me felicitan con la mirada, muestran algo de asombro. Yo también siento que mi cuerpo quiere jugar, soltarse, correr. No debo olvidar mi lesión. Siempre me pasa cuando estoy así, cuando me esfuerzo, el cuerpo queda sin oxígeno y se vuelve débil y ahí viene la lesión.
Pero nada importa. Volveré a la cancha a brillar para que tú regreses.
18
El árbitro pita el final del primer descanso. Volvemos a la cancha. No tendremos cambios tácticos, así estamos bien, dicen mis compañeros. Pero no, no es así, deberíamos jugar más lento. Me lo callo. Yo solo quiero lo que quiero y eso lo tengo claro. Qué más da un partido más a la lista de derrotas. Algunos partidos no se pueden perder, como esos de muerte súbita en que el perdedor sale del torneo. Son los juegos más emocionantes. Cada lance que uno hace va acompañado del miedo al error.
En este juego contra Capitals ninguno quedará eliminado. El ganador recibe dos puntos y el perdedor uno. Esos puntos se suman en la tabla de posiciones. Hay siete equipos en nuestro grupo. De cada grupo clasifican los dos equipos con mejor puntaje.
Busco a Chiki. No lo veo.
Ellos siguen reunidos en círculo alrededor de su entrenador. Gritan ¡Capitals! Y salen a la cancha cinco, los demás se sientan. No veo al muchacho alto y fuerte. Tal vez entrará Chiki. ¡Por fin! Pero no, tampoco ahora. No está entre los cinco jugadores que saltan a la cancha.
La posesión del balón es nuestra. Un muchacho moreno y atlético se me acerca. Entiende desde ya que él será quien me marque. Sus brazos son morenos, piel canela, muy tonificados en el gimnasio. Me mira.
─Me mandaron a darle duro.
Lo miro cuando me habla. No acostumbra uno a hablarle a los rivales en la cancha, a menos que sen amigos que juegan en otros equipos. Yo no conozco a este muchacho. Tal vez él a mí sí, tal vez me haya visto jugar. Me mira con respeto. Respeta mi nombre, se nota. No le respondo.
Mario camina al lugar de donde debe sacar.
─Usted juega mucho Andrés Motta.
El muchacho sigue hablándome. Yo inclino el cuerpo, toco mis rodillas con las manos. A veces uno le habla a los rivales para desconcentrarlos. A veces uno ofende los rivales en la cancha para sacarlos de quicio. Son trucos. Pero este muchacho no parece querer eso y lo que me dice no es nada ofensivo.
─¿me ha visto jugar? ─le pregunto.
Se acerca. Me agarra de la camiseta igual que Chiki. Pienso que tal vez es una forma de defender que les ha enseñado Samuel a todos ellos. Este moreno es más alto que Chiki, tiene un cuerpo más sensual, más erótico. Pero no me produce nada. A mí nadie me produce nada, nunca he sentido algo por compañeros o rivales de juego. Solo ese muchacho tierno y batallador al que llaman Chiki. Se me ocurre preguntarle al muchacho moreno cómo se llama Chiki. Pero no. No debo. No debo.
─Claro que sí. Lo he visto jugar muchas veces. Yo estaba viéndolo cuando usted hizo la cesta ganadora en Medellín. Lo he visto cuando lo han lesionado.
Me sorprendo. Lo de Medellín fue hace mucho, más de cinco años. Era una final. Yo jugaba para el equipo de Cundinamarca, metí un triple justo antes de acabarse el partido. Con esa cesta quedamos campeones. El coliseo estaba lleno. Aturdía. La ovación era emocionante. Sería un niño este muchacho en ese tiempo.
─No lo voy a dejar hacer nada, Andrés Motta, aunque sea mi ídolo, le voy a dar duro.
Le sonrío. Me gusta su motivación y su sinceridad. Pero me desagrada que en este momento está ocupando el lugar de Chiki.
Mario se prepara para sacar. Iniciamos los movimientos de desmarque. Carlos recibe el balón, es marcado enseguida por un muchacho ágil que lo incomoda. Corro hacia él. Carlos me ve, pone su mano sobre la frente. Es una seña que señala que busca una pantalla. Me detengo. Pongo mis brazos en mi pecho. Carlos corre hacia mí. Su marca sigue incomodándolo, es un muchacho que no me ha visto. Carlos me esquiva. Su marca se choca conmigo. Carlos corre libre, corre hacia el aro, convierte la cesta. Perfecta mi pantalla.
Samuel se levanta de la silla ofuscado, grita al muchacho que marca a Carlos. Lo regaña furioso.
19
Sigue apretado el juego. No hemos podido alejarnos en el marcador. Seguimos ocho puntos arriba y ya estamos cansados. Si convertimos, ellos convierten; si fallamos, ellos fallan. Ocho puntos son muy poca reserva para el final. En este cuarto hemos hecho juego de pantallas. No he tenido que correr tanto, solo busco a Carlos y Alejandro cuando llevan el balón y hago que sus marcas se choquen conmigo. Viejas tácticas.
20
A Mario y a Danilo los han controlado bien. La ventaja en el marcador es gracias a Carlos, Alejo y yo que somos más bajos y más ágiles y de alguna forma logramos enfrentar a estos muchachos. Mario y Danilo que son los postes han tenido muchos problemas con los chicos altos, han perdido todos los duelos.
Ahora el público está en nuestra contra. Danilo ha hecho dos faltas muy fuertes contra el muchacho que lo marca. Se nota molesto y frustrado. El pobre muchacho aguanta los golpes y el juego rudo de Danilo sin protestar, ¡Está bien educado! ¡Así se juega! ¡Aguantando todo! Mario no se queda atrás, hizo una falta sin que el balón estuviera en juego. Por suerte los jueces no lo vieron. El chico quedó en el suelo retorciéndose de dolor. La gente en la tribuna nos insulta.
21
El marcador se iguala en tres jugadas. Dos errores de Carlos y ellos aprovecharon. A veces me molesta el juego de Carlos, es muy soberbio, cree que nadie puede quitarle el balón y no es así, dos veces le quitaron el balón y juntas fueron cesta de ellos. La otra cesta fue un triple que no esperábamos convertido por el jugador menos talentoso de ese equipo. Ninguno de nosotros quiso marcarlo y el chico lanzó tranquilo. Cesta.
Ahora queda poco para terminar el segundo cuarto. Empatados. Carlos y Mario empiezan a discutir. Se ven cansados. Los aborda el estrés, el juego se hace tenso. Ya no recuerdo tanto a Chiki. Mi marca lo ha hecho bien, aunque no nos hemos enfrentado. Pero siempre ha estado cerca. Queda poco. Debo hacer algo para que este muchacho no me siga marcando. Lo hace muy bien. Y yo quiero a Chiki.
22
He notado que hace lo mismo que Chiki. Cuando salgo a correr me toma de la camiseta para que no me aleje. Eso es bueno, pero peligroso.
Carlos lleva el balón. Corro. El muchacho me coge. La camiseta se estira. Me quejo. ¡Oh! ¡Ohhhh! ¡Profeee! Llamo al árbitro. Él me mira. El muchacho no me suelta. Hago como si el jalón hubiera sido fuerte y me dejo arrastrar hacia atrás. Exagero. El árbitro pita falta. Falta antideportiva. Lanzaré dos veces desde el punto de tiro libre. Samuel protesta con el juez y regaña al muchacho. El muchacho me mira, se ve triste. Me conmuevo. Se triste pero tiene algo de admiración. Me nace algo de tristeza por él porque es un buen jugador y es muy leal. Él juega limpio y lo que acabo de hacer es juego sucio, trucos, artimañas. Pero ni modo, yo quiero a Chiki y tengo que sacarlo. Ahora voy al punto de tiro libre. Miro a la banca rival. Chiki me mira. Un muchacho a su lado le habla. Él le responde sin dejar de mirarme. Recibo el balón. Miro el aro. Driblo dos veces. Hago girar el balón en mi mano. Flexiono. Estiro el brazo y lanzo. Cesta. Repito el ritual y lanzo. Cesta. Corremos a la defensa. Troto hacia atrás. Miro a la banca rival. Chiki sigue mirándome. Mira a otro lado cuando lo veo. Ya lo notó, ya sabe que estoy atento a él.
Ellos corren.
El cuarto acaba. Fin de la primera mitad. Estamos exhaustos.
Lo tuve conmigo tres minutos del primer cuarto y lo extraño como de toda la vida.
Arriba por dos puntos. Mario y Carlos discuten en la banca. No sé porqué.
Me siento en la banca. Ya empiezo a sentir la falta de aire. Tengo sed. La discusión continúa. Según Mario, Carlos no le pasa el balón cuando ha logrado desmarcarse, cosa que es cierta, pienso. Bebo agua. Carlos responde que cómo quiere que le pase el balón si casi nunca se desmarca y cuando le pasa el balón el muchacho que lo marca le gana el duelo, cosa que también es cierta, pienso. Bebo agua. Danilo se sienta a mi lado, está agitado. Alejandro está de pie junto a Carlos, bebe mucha agua, trata de apaciguar las cosas entre ellos porque ya están pasando a otro tono. Danilo, el dueño del equipo, no dice nada, los deja discutir como niños frustrados. Me fastidia la situación. Miro a otro lado y veo que los jueces están charlando en la mitad de la cancha, me miran, me llaman. Me alegra ir hacia ellos para no presenciar la peleíta.
23
¿Y entonces Motta? Ya casi vuelve a jugar como antes. Sonrío. ¿Ha estado entrenando? la verdad no mucho, lo de siempre.
Hablamos de viejas épocas y de otros torneos. Me dicen que ya mi equipo se cansó. Preguntan por qué discuten los jugadores en mi banca. Problemas de egos, les digo. Samuel se acerca. Los chicos de Capitals van a lanzar al otro lado de la cancha. ¡Motta jugando como si nada! ¡Parece el Motta de antes! Sonrío. ¿Qué haré para detenerlo? Le sonrío. Dile a Chiki que entre, que me toque, que me hable, que me diga su nombre, que vaya conmigo a todos lados de la cancha, que me deje sentir su respiración agitada, su sudor caliente, que me hale, que me asfixie; dile que venga, que me enfrente, que me rete, que acerque su cuerpo a mi cuerpo, que pelee con mis manos.
Ninguno de mis muchachos lo detiene, me dice. Le sonrío. El muchacho con el número ocho es bueno, le digo. Él mira a sus muchachos. ¿Chiki?
¡Sí maldita sea! ¡Chiki! ¡Dime su nombre carajo!
Sí, Chiki es bueno pero te hizo dos faltas, aún es muy inocente. No, al contrario Samuel, me tocó acudir a la falta porque no supe qué más hacer. Es bueno ese muchacho, ¿tú le enseñaste a jugar?
Samuel y yo vemos calentar a sus muchachos. Vemos a Chiki. Él siente las miradas y voltea a vernos, sabe que hablamos de él. Samuel dice que sí, que él le enseñó a jugar desde que era un niño. Ya somos viejos, me dice. Me habla de antiguos juegos, de antiguas batallas entre los dos. Me recuerda mi lesión, me dice que tenga cuidado. Pienso en Chiki, en mi lesión, en mi hombro, en el dolor que se siente cuando el brazo se sale de la articulación. Qué diferente sería el dolor de mi hombro si fuera Chiki quien lo causara. Sería bueno doler por él, doler por su culpa, doler por su gracia. Amaría el dolor.
En la banca los ánimos se calman. Me despido de los jueces y del entrenador rival. Voy a ver qué dicen mis amigos.
24
Empieza el tercer cuarto. Entramos a la cancha. Posesión nuestra. Ellos siguen reunidos. Gritan ¡Capitals! Salen cinco a la cancha. Ahí viene él. Me mira. Se ve feliz. Viene a mí. Camina hacia mí. Por fin vienes a mí. Se acerca. Trato de contenerme, de no mostrar alegría, de no sonreír. Es importante el juego ahora sí. Tiene valor el juego ahora sí. Vale la pena cada cosa ahora sí.me reanimo. Revivo. Ya no estoy cansado. Sed sí pero de él. Se acerca. Se acerca mucho. Quisiera hablarle, decirle algo, tan siquiera algo, cualquier cosa. Quisiera que me hablara como el chico moreno. Pero no. Él se instala junto a mí como lo imposible cercano. Y duele. Él me duele adentro del corazón porque quiero tocarlo y no puedo, y no podré, porque quiero hablarle y no sé qué decirle y no sabré, porque quisiera no perderlo nunca, no dejarlo ir, poder verlo cada día, ver su sonrisa, su forma de ir por ahí en la vida, en guardia, alerta contra el mundo, contra mí, contra todo, indefenso, valiente, frágil, invencible.
Ahora quiero que el tiempo vaya lento, que cada instante que él esté a mi lado dure para siempre.
Mario toma el balón.
El árbitro extiende su brazo.
Mario dirige sus brazos, recibe el balón como algo valioso, lo siente, siente el caucho que se adhiere a sus manos. Entre el caucho y los dedos se siente algo de sudor que hace que el balón sea un poco pegajoso. Nos mira. Mario nos mira. Nos ubica. Uno por uno. En su mirada se ve que no quisiera pasarle el balón a Carlos. A cualquiera de nosotros menos a él. Así. Así.
Así, más lento el tiempo para poder sentirlo aquí conmigo, fragante, oloroso a mí, al mí de hace años. Me agarra. Cuando hace eso sus dedos para por mi cintura y el cuerpo se estremece. Siento sus dedos calientes, ardientes, casi queman. No corro. Solo camino. Le hago fácil su tarea de marcarme. Su tarea de estar cerca de mí. Ahora dejo que me marque sin dificultad. Le hago fácil las cosas para que me toque, para que ponga su cuerpo frente al mío, su rostro frente al mío muy de cerca, para sentir su aire, que es como la brisa de la mañana antes de la luz: una brisa sin peso, fría y fuerte pero inexistente, una brisa que empaña las cejas, que bate las hojas de los árboles pero no mueve mi pelo. Esa risa que sale del alma y llega al alma, más allá de lo corpóreo.
Quédate ahí Mario, para siempre, con el balón en las manos. Déjame jugar a caminar a un lado y al otro lentamente. Déjame tropezar con él así, poner mis manos en su cuerpo, en su cintura como él hace conmigo, bailar con él sin que él lo sepa, bailar con él sin que se dé cuenta. Quédate ahí, Mario, no reactives el juego y el cronómetro, deja este instante inmóvil, detenido, deja que dure para siempre.
25
Es ahora cuando doy gracias a dios por cada momento. Ahora que estoy aquí sintiendo el aire de su boca, sus dedos calientes. Cada dolor, cada día de cansancio, cada angustia, cada rabia al perder, cada día de gloria construyendo una fama y un nombre. Aquí estoy Chiki, a tu lado, enfrentándote.
26
Mario tiene que sacar. Le pasa el balón a Carlos a regañadientes. Carlos dribla, avanza. Su marca lo lleva poco a poco, lo marca con prudencia, hace que Carlos esté atento a él y no pueda mirarnos. Así es siempre, Carlos no puedo driblar sin estar atento a su marca, nos pierde de vista. Terrible defecto para un armador.
Chiki sigue a mi lado. Chiki continúa a mi lado. Chiki avanza a mi lado.
27
El balón baja lentamente. Toca el suelo. El sonido llega a nuestros oídos. Rebota. Sube. Se eleva. La mano hace contacto nuevamente y lo empuja hacia abajo. Inicia el descenso. Baja. La sombra en el suelo se agranda. Toca el suelo. El sonido llega a nuestros oídos. Hay un eco en las tribunas del coliseo. Vuelve a elevarse, sube, sube. La mano cambia de dirección. Avanza. Construye una parábola con el recorrido del balón. Inicia el descenso. Baja. Baja. Toca el suelo. El sonido llega a nuestros oídos.
28
Tiene los ojos negros. Su pelo es liso. De cerca es más oscuro. Tiene sudor sobre la frente. Las pestañas son cortas. Las cejas son rectas, negras, delgadas. Tiene la cara recta, el mentón es fuerte. Sus labios, sus labios parecen secos, son grandes, voluptuosos. Mira sus brazos Andrés. Son frágiles sus brazos. Blancos. Los hombros no son musculosos. Su cuello brilla. Tiene un pequeño lunar en el cuello. No tiene vellos en sus axilas. La nariz no tiene la piel tan fina como sus mejillas. El pelo largo le cubre las orejas. Parece pequeño, pero es igual de alto a mí, exactamente igual a mí. Es liviano. Sus piernas son delgadas, no tiene glúteos grandes, ni tonificados los gemelos. Las piernas son blancas, no es velludo. Las medias altas, blancas, salen con sus zapatillas Adidas, blancas con azul. El uniforme rojo no le sale con los tenis. No debe tener mucho dinero, sino hubiera comprado unas que sí salieras con la ropa. Tiene los dedos pequeños, la mano es pequeña, dedos frágiles, delgados, no muy largos.
29
Arranca el juego. La defensa está atenta a nuestros movimientos. Los muchachos nos marcan cuidadosamente. Nos miramos con los compañeros. Los chicos ya están advertidos de las pantallas. Habrá que hacer otra cosa. Correr más, tal vez. Cortar al centro, también. Pickandroll. Chiki siente que voy a hacer algo. Me agarra. Corremos. Pido el balón, carlos me ve, pero no me la pasa, maldito carlos cómo odio que no la pase. Por qué no la pasa. Lo acorralan, lo aíslan, se siente ahora sí perdido, nos busca, nos llama. Pero ya para qué.
30
Empiezan a descontar puntos. El marcador preocupante, cerrado. Ofensiva nuestra. Chiki conmigo. Chiki conmigo. Debo jugar, aunque mi mundo sea Chiki. Debo ganar. Debo ganar. Debo luchar, pido el balón. Carlos me lo pasa. Chiki me mira. Se prepara. Flexiona sus piernas, extiende los brazos. Driblo con cuidado, avanzo hacia él, el aro está detrás de su cuerpo. Él espera que lo enfrente, pienso cómo atacarlo. Acelero, avanzo hacia él, él retrocede, amenazo para un lado, él va hacia ese lado, voy hacia el otro, ha sido un buen crossover, el queda a mi lado, acelero más, un paso, dos pasos, doble ritmo por la izquierda, pero no puedo usar el brazo izquierdo. Uso el derecho. De repente Chiki aparece, pone su brazo muy arriba, toca el balón, trato de empujar la bola hacia arriba pero él tiene la ventaja empujando hacia abajo. Me gardea. El balón cae al suelo. Pierdo el equilibrio. Vamos al balón, él llega primero. Lo gana. Corre. Corre. Corre rápido. Chiki corre. Sigo detrás, los otros jugadores nos miran, nos ven pasar por su lado a toda velocidad. Voy rápido, me siento rápido. Pero no lo alcanzo. Él sigue adelante avanzando hacia mi aro. Trato de hacerle falta pero no lo alcanzo. Chiki espérame. Sigue. Se acerca al aro. Inicia el doble ritmo, desacelera. Trato de evitar que haga la cesta, mando la mano, golpeo su brazo, él lanza el balón con fuerza, suena mi palmada en su mano. ¡Falta! ¡Y cesta!
Celebra. Grita de emoción. Se da vuelta. Me celebra en la cara. Se acerca. Pone su boca muy cerca a la mía y grita. Siento su emoción. Quisiera celebrar con él, decirle: sí, así se hace amor mío. Así.
31
Sus compañeros llegan a felicitarlo. Lo separan de mí para evitar una reacción violenta de mi parte. Deberían dejarlo aquí muy cerca de mi boca para poder sentirlo, así… para sentir su alegría, su soberbia recién nacida.
Mis compañeros llegan con cara de pocos amigos, como si fuéramos a perder el partido por esa jugada. Carlos no se contiene, me dice que fue estúpido lo que hice, que porqué mejor no dejo que él lleve el balón, que porqué mejor no me limito a meter cesticas debajo del aro. Es un maldito Carlos. Arruina mi alegría. Volteo a ver a Chiki y veo su cara de esplendor y entonces soporto todo. No importa qué digan mis amigos, qué opinen. Pago todos los precios por la cara de felicidad que tiene Chiki. Le hice falta. Hizo la cesta. Más encima tiene un tiro desde el punto. Los postes toman posición. Yo observo desde fuera del área. Le pasan el balón a Chiki, se concentra, mira el aro, lanza. Convierte.
Me mira. Me reta con la mirada. Parece decirme que con eso estamos a paces. ¿Estamos a paces? ¿Ya puedo hacer contigo todo lo que yo quiera?
32
Continúa el juego, Chiki, no celebres aún, porque aún no ganas. Carlos dribla. Lo marcan, vamos subiendo hacia el otro aro. Chiki me marca. La fragancia de Chiki me marca. El sudor de Chiki me marca. Sus ojos brillantes y sus manos pequeñas están atentos a mi cuerpo.
Me pasan el balón. Estoy sobre la línea de triple. Carlos me pide de nuevo la bola pero no se la pasaré. Chiki me enfrenta, paso el balón entre mis piernas, vuelvo a hacer lo mismo, el cuerpo inclinado, apuntándole, atento a él. Chiki se apresura a marcarme, cuando va para un lado paso el balón entre mis piernas hacia el otro y pongo mi cuerpo entre él y el balón. Me deja la línea hacia el aro totalmente descubierta. Corro, Chiki trata de retomar pero no puede, sé que está lejos, lo espero, hago la semejanza de que voy a lanzar, pero no lanzo, él cree que sí, salta, yo espero su cuerpo, está en el aire, veo su estampa tratando de evitarme, va cayendo, cae, cae, busco el choque con él, choca contra mí, al hacerlo lanzo el balón y pujo. ¡Falta! ¡Y cesta! Sí, Chiki, yo también sé hacer las cosas que tú sabes. Volteo, celebro con mi puño. Quedamos de frente, choca su pecho contra el mío. Yo soy más pesado, más fuerte, él siente el impacto, su cuerpo rebota. Sus compañeros vuelven a separarnos. El juez nos advierte. Mis compañeros celebran. Carlos, el hipócrita celebra. Y estoy feliz de ver la cara de furia de Chiki, sus ganas de enfrentarme, sus ganas de jugar contra mí uno a uno por horas y horas hasta que alguno se rinda.
Me dan el balón, tiro libre. Encesto. Miro a Chiki. Me mira con una pequeña sonrisa, muy pequeña. Y con sus ojos me anuncia que esta guerra aún no termina.
Hay dos jugadas más de parte y pare que no terminan en cesto.
Fin del cuarto.
33
Estamos casi sin aire. Nos sentamos en la banca, agitados, sudorosos, débiles, vamos arriba en el marcador por muy poco. Nadie quiere hablar, queremos solo descansar, beber agua, respirar hondo.
Al otro lado se escuchan los gritos, Samuel regaña a sus muchachos. Volteo a verlos. Nuestras miradas se encuentran. Siento un vacío de nervios en el abdomen. Me obligo a no mirar a otro lado. Él también sostiene la mirada, se ve agitado, cansado. Ninguno de los dos mira a otro lado. Se me acelera la respiración, siento los saltos del corazón. Alguien se atraviesa. Corta nuestra visión del otro. Miro a otro lado. Me pregunto por qué ese muchacho me mira tanto. Por qué sigue el juego de las miradas. ¿Será que le gusto? ¿Será que el deseo es mutuo? ¿Será que también quiere sentirme cerca, cerca muy cerca?
No vamos a aguantar, dice Mario. Yo asiento con la cabeza. Es cierto, ya no damos más. Claro que sí, hay que darlo todo, les hemos dado guerra, dice Carlos. Carlos tan orgulloso siempre. Danilo sonríe. Yo no puedo más, nos dice, y sigue sonriendo. Alejandro casi nunca habla. Alejo, ¿usted qué opina? le pregunto. Estoy reventado, me dice, y se ríe. ¿Y usted Motta? Me pregunta. Igual, ya no doy más. Pero tenemos el partido ahí, muchachos, vamos, vamos, no decaigamos, luchémoslo hasta el último segundo. Ellos se ríen, aceptan. Vamos a dejarlo todo. Vamos a ganarle a Chiki.
34
Tratemos de jugar más lento. Por fin les digo eso, por fin me rindo. Ellos asienten con la cabeza. Respiro hondo, siento débil el cuerpo, no tengo fuerza en los brazos, temo por mi hombro.
Correremos menos, les digo, haremos más pases para que sean ellos los que corran. Cada uno trabaje su posición. No hagamos faltas que ya casi llegamos al límite de cada uno.
Vamos muchachos, vamos a ganar esto.
Salimos a la cancha. Veo a la banca rival, Chiki vuelve a mirarme. Le sonrío, pero no me responde, voltea a mirar a otro lado enseguida.
Salen a la cancha cinco jugadores, no viene Chiki entre ellos. Qué triste, pero qué bueno, así me preocupo por ganar y no por luchar contra él. Me importaba llamar su atención y ya la tengo.
35
Inicia el cuarto. Sentimos que ellos son más fuertes, más veloces, más atentos. Nuestro cuerpo no responde. En cada jugada que pasa sentimos que ellos llevan la ventaja. Aun así logramos mantener la ventaja en el marcador. Tratamos de no jugar tan rápido, ellos nos presionan. Nosotros nos liberamos del balón apenas nos llega. Lo recibimos, lo entregamos y corremos a algún lago a recibirlo de nuevo. Así vamos llegan al aro rival. Intercambio de cestas.
Perdemos los duelos uno a uno, ya no tenemos aliento. Recurrimos a las faltas. Ya casi llegamos todos a las cuatro faltas.
36
En la tribuna la gente celebra el buen juego de los muchachos. Van un punto arriba ellos.
Veo que vienen al ataque. Le pasan el balón a un jugador negro que es muy fuerte. Dribla hacia mí. Yo estoy parado justo en mitad de la zona. Viene hacia mí con toda su fuerza. Me preparo para defender, debo ser fuerte, contrarrestar su embestida. Viene hacia mí, se hace cada vez más grande. Recuerdo que tengo cuatro faltas, si hago una más saldré expulsado. No puedo tocarlo, pero ya viene encima, ya siento su fuerza, su ímpetu. Me quedo quieto, pongo mis brazos sobre el pecho, cierro los ojos. Siento que se acerca, no logra detenerse.
Suaaachhhsssss
Me choca.
Ohhjjjjjj!!
Grito. Me dejo llevar. No abro los ojos. Pongo las manos atrás para menguar el impacto. Estoy en el aire cayendo de espalda. Caigo. Duele el impacto. Escucho el pito. Entreabro los ojos. Veo el juez señalando la carga. Es una falta a mi favor. Mis compañeros celebran. Yo celebro. Pero no tengo aire. Siento la debilidad. Me cuesta levantarme. Me tomo un tiempo, aquí sentado, para respirar. Me ofrecen la mano. La tomo. Me levantan. Me pongo de pie, respiro con dificultad. Qué bien sacada esa falta, me dice Danilo. Yo sonrío. Pero no tengo aire. Pongo mis manos en las rodillas. Respiro hondo. Los jueces llegan a ver cómo estoy. Les digo que bien, que puedo seguir. Y sigo. Y seguimos.
37
El partido se reanuda. Atacamos, defendemos, corremos cuando nos exigen, trotamos lentamente cuando podemos hacerlo. No participo con determinación en ninguna jugada. Sigo sin aire, débil, sin fuerza. Fue un choque brutal contra ese negro. Trato de respirar lo más profundo que puedo, pero es inútil, entre más me esfuerzo, más me ahogo. Le hacen una falta a Carlos, tendré dos tiros libros. Aprovecho para detenerme. Danilo y Mario van al rebote, se instalan en los cajones de la zona. Me detengo, bajo la mirada, pongo mis manos en la cintura haciendo jarras, respiro profundo, alzo la mirada, veo el techo del coliseo, sus farolas grandes instaladas en las vigas, parece que hace mucho tiempo no las limpian. Nada sirve. No sirve pensar en otras cosas, me siento ahogado. Pongo mis manos en las rodillas, nuevamente, inclino el cuerpo. Siento unas terribles ganas de escupir, siento que me sangran las encías. Pero no escupo, eso me parece sucio e irrespetuoso. Me falta la saliva, siento la boca seca. Trato de respirar lentamente para bajar el ritmo cardiaco. Alzo la mirada, aún con las manos en las rodillas. Carlos se toma su tiempo para lanzar. Seguramente nos está dando tiempo a todos. Siento cómo bajan grandes gotas de sudor por mi frente, rodean las cejas y siguen por las mejillas. Hay gotas de sudor que bajan por mi nariz. Veo las gotas caer al caucho del suelo. Una, dos, tres, cuatro grandes gotas. Cinco. Cierro los ojos. Veo la imagen de Chiki mirándome. Veo su cara cerca gritándome, emocionado. Su voz de niño gritando ¡Vamooos! Veo sus hombros sudorosos echando vapor. Abro los ojos, hay más de diez gotas de sudor. Alzo la mirada, carlos ya cobró el primer tiro libre. Veo la banca rival, Chiki me mira. Dios… Chiki me mira.
38
El marcador sube a favor de ellos. Pedimos un tiempo. Necesitamos descansar.nos sentamos en la banca, los cinco, uno al lado del otro. Nadie dice nada, solo respiramos agitados, bebemos agua y limpiamos el sudor de nuestras frentes. Tenemos un minuto de descanso. Marcador: cuatro puntos abajo. Necesitamos otro golpe de aliento para tratar de remontar ese partido. Pero lo que más necesitamos es aire. Cansancio. Debilidad. Lentitud. Todo se ve en nuestras miradas. Justo cuando más necesitamos descanso, el árbitro pita el final del minuto de descanso. Nos tomamos toda la pausa para reincorporarnos al juego. Vamos con cara de sufrimiento. Los muchachos en cambio se ven frescos, acostumbrados al trajín. Hay que entender también que ellos tienen doce jugadores y al que se canse lo van cambiando. Nosotros solo somos cinco, sin cambios, los mismos cinco todo el partido y ya no damos más.
Volvemos al juego. Queda poco para el final, seis minutos. Cuatro puntos que debemos deshacer. Saca Mario, le pasa el balón a Carlos. Trotamos a la zona de ellos. No nos marcan a presión, hace una zona mixta que a veces nos asfixia y a veces nos da espacio. Me pasan el balón. Me pesa. Veo el aro lejos. Mi marca me ve cansado, agotado, dubitativo. No me marca, me da espacio. Estoy parado cerca de la línea de triple. Yo era bueno en este tiro, pero hace mucho tiempo no lo intento. Mario y Danilo ingresan a la zona. Alejandro me grita desde el otro lado de la zona ¡Tómalo! Yo veo el aro a lo lejos, dudo, ¿Lo tomo? ¿Cómo en los viejos tiempos? Sigo dudando, me preparo, el muchacho no se me acerca, me deja acomodarme. Inclino el cuerpo, flexiono las piernas, dirijo el tiro. El muchacho se da cuenta que voy a lanzar y se apresura a marcarme, pero ya es tarde. Lanzo. Cuando lanzo el muchacho me toca la punta de los dedos, pero dejo llevar mi mano por el golpe y me la empuja, el árbitro pita falta enseguida. El balón sigue su parábola, todos miran la bola en el aire, cae, cae, los postes batallan por la posición. El balón entra. Nítido. Seco. Limpio. Cesta de triple. Y falta. Mis amigos me miran, estallan en júbilo. Gritan. Vienen hacia mí, me abrazan. Chocan su pecho contra el mío en señal de poderío. Yo sin aire, sin aire, solo sonrío. Tengo un lance de tiro libre. Si hago esa cesta empato el partido. Toman posición los postes. Me pasan el balón. Miro al aro. No siento fuerza en el brazo, es seguro que fallaré el tiro. Flexiono. Lanzo. Sé que va mal lanzado. Se va hacia un lado, toca el aro, rebota en el tablero. Mario logra tomar el rebote, duda, le grito ¡Arriba! Salta con toda su fuerza y lanza. Suena el golpe que le da el muchacho en el brazo y a la vez el balón choca en el tablero y entra en el aro. Cesta. Y de nuevo, falta. Samuel se quiere morir. Nosotros volvemos a celebrar. Ahora vamos arriba por un punto. No podemos creerlo. Celebramos, gritamos, felicitamos a Mario. Toma el tiro libre y convierte. Dos puntos arriba. Es una dicha. Es un milagro. Cinco minutos de juego. Defenderemos esa cesta con la vida.
39
Hacemos el juego más rudo de lo que venía siendo hasta ahora. El público nos chifla, nos insulta, nos abuchea. Los muchachos soportan algunas faltas algo fuertes. Quedan tres minutos. El partido sigue arriba una cesta para nosotros. Un muchacho de capitals entra rompiendo nuestra zona. Alejandro, que juega de centro, le da una palmada en el brazo cuando va a lanzar. El árbitro pita falta antideportiva. Nustros jugadores reclaman. Alejandro reclama. Yo no sigo nada, sé que fue una falta muy fuerte y no iba al balón, sí es antideportiva. Alejandro protesta. Los jueces lo recriminan, parece como si lo regañaran. El juez que pitó la falta le responde también airadamente. Alejandro lo insulta. El juez pita falta técnica. Otros dos tiros. Entonces pierdo el control, y de espectador paso a agente ofensivo. Grito. ¿Cómo así que técnico? ¿Por qué técnico si usted fue el que propició en insulto? Mis gritos hacen eco en las tribunas. Toda la gente se calla. Ven mi rabia en la mirada. Los jueces quedan en silencio, de la fraternidad a la discusión. Nadie me responde, no me dicen nada. Se nota el respeto que me tienen. Respiro profundo. Ya lo dije. Ya me desahogué. Ahora me calmo. Les doy la espalda. Camino a la mitad de la cancha. Tienen cuatro tirlos libres, dos por la falta y dos por el técnico. Si los convierte todo se irán ellos dos puntos arriba. Trato de calmarme, respiro profundo.
40
Los muchachos convirtieron dos de los cuatro tiros libres. Samuel no se ahorró el insulto por fallar los otros dos. Reponen ellos. Toman la ofensiva. Tratamos de defender como podemos, sin faltas, porque ahora los jueces están en nuestra contra después de semejante forma de gritarlos. Yo merecía la falta técnica o la expulsión directa. No sé porqué no lo hicieron. Atacan. Defendemos. Lanzan el tiro. Lo convierte. Nos miramos desilusionados. Los chicos celebran. Salgo a correr con mi último aliento. Corro. Mario busca todas sus fuerzas. Corro. Tira el balón de lado a lado. Lo cojo, sigo en mi carrera. Voy solo. Un paso, dos pasos, lanzo. Cesta. Empatados de nuevo.samuel vuelve a levantarse de la silla desesperado. Los regaña. Le da indiacipnes a alguien en su banca para que entre al juego. Es Chiki. es Chiki. mis amigos celebran mi salida rápida. He quedado sin aire. Empaté el partidop. Y Chiki vuelve al juego.
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Entra. Parece volver a su hábitat. Se ve feliz. Siempre que entra se ve feliz. Sonríe. Les da indicaciones a sus compañeros. Camina hacia nuestra zona. Atacan ellos. Hubo un saque lateral. Aún no se reanuda el juego. Chiki se hace cerca de mí. No tendría por qué hacerlo si atacan ellos. Yo me acerco también un poco. Estoy cansado. Siento un abismo en el abdomen. Pero no es falta de aire. Es miedo, es miedo. Son los nervios alborotados porque lo que voy a hacer. Se me acelera la respiración. Es como cuando termino una gran jugada y siento la falta de aire y respiro muy rápido. Así estoy. Miedo. Angustia. ¡Andrés! Pongo mi mano en su hombro. Él tiene las manos en la cintura. Sabe que soy yo. Me mira de reojo. No voltea a verme, pero me mira por el rabillo del ojo. Su hombro es suave, tiene un poco de sudor. No me habla. No le hablo. Respiro con mucho miedo. Pero no puedo irme sin hacerlo, el juego ya va a acabar y sería trágico para mí que se acabara sin poderlo tocar. Sigue mi mano en su hombro, avanzo lentamente hacia su nuca. Siento su pelo húmedo, la humedad de su piel y de su ropa, su espalda que sube y baja al ritmo de su respiración. Me duele el abdomen por los nervios, respiro muy agitado, hiperventilo, pero no quito mi mano. Bajo. Dios mío, bajo. Él lo permite. El juego no se reanuda. Que siga así. Bajo por su columna vertebral muy lentamente. Dios mío. Sigo bajando. Él me mira de nuevo por el rabillo del ojo. Paso por la mitad de sus omoplatos. Siento sus vertebras, una por una. Siento el número estampado en su camiseta. Siento su piel caliente. La humedad de su sudor. Andrés, que estás haciendo. Nadie nos ve, están atentos al muchacho de Capitals que va a sacar. El juez entrega el balón. Pronto se acabará esta dicha de tocarlo. Sigo bajando. Siento la curva de su espalda. Dios mío. El sigue viéndome. Que haces Andrés. ¡Por Dios! Sigo bajando. La curva es más definida. Siento cómo llego a su cadera. A su cadera. A su cintura. Bajé por su columna. Estoy en su cintura. En ese lugar. Sigo bajando. El sigue viéndome sin verme. Andrés que vas a hacer. Llego a su pantaloneta. La tomo, la tiro y la suelto. Suena el caucho al volver a su posición, un choque contra su piel. Siento como si lo hubiera desnudado y él lo hubiera permitido. El partido inicia. Me alejo. Mi mano queda ardiendo. Él se queda inmóvil, petrificado. Y yo también estoy en shock, con el pecho a punto de reventar de nervios y de alegría.
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Sigue empatado el juego. Ellos atacan y fallan. También se ve el cansancio en su forma de jugar. Nosotros hacemos lo que podemos con las pocas energías que nos quedan. Chiki no ha tocado el balón. Yo tampoco. Somos solo cuerpos que corren en la cancha.
Diez. La mesa de control indica que faltan diez segundos. Ellos atacan. Subimos la zona para que no tomen el tiro.
Nueve. Miro a Chiki. mi hermoso niño, tierno. Se ve concentrado.
Ocho. Rotan el balón, indicamos las fallas de la defensa y las corregimos.
Cinco. Cuatro. Tres. Va a lanzar. Carlos se acerca a él. El muchacho toma el tiro incómodo. Falla. El juez pita el final del partido. Igualados.
Ellos se miran con cara de decepción. Samuel los regaña. Nosotros celebramos. Es una gesta, un partido épico.
Ahora jugaremos cinco minutos más. Es probable que perdamos porque todos tenemos cuatro faltas y estamos sin aire. Pero lo que hemos hecho hasta ahora ya es muy valioso. Nos felicitamos. Saldremos con la cabeza en alto y la conciencia tranquila, dejamos todo en la cancha.
Yo también saldré tranquilo porque pude tocarlo. Con un millón de dudas, porque dejó que lo tocara. Saldré pensando en él y así pasaré varios días. Tal vez no volvamos a vernos. Tal vez no volvamos a jugar. Dependerá de que nuestros horarios de juego coincidan. Si la suerte nos hace cruzar de nuevo en este torneo. Ojalá se dé, me gustó enfrentarlo. Y si no, qué lástima. Pocas veces, casi nunca, he sentido lo que sentí hoy. Esas ganas de mirarlo, de tocarlo, de conocer su nombre, de verlo jugar y ganar. De verlo sonreír.
Empieza el extra tiempo.
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A ellos se les nota más el miedo que a nosotros. Nosotros ya no tenemos nada que perder. Defendimos nuestro nombre, la historia, es status. Ellos están obligados a ganarnos por su juventud y porque entrenan más. Y aún así no han podido.
Intercambiamos dos cestas seguidas. Se eleva el marcador cuatro puntos más. Los jueces están atentos. Ya me perdonarón el grito porque me sonrieron cuando se acabó el partido. Quieren que ganemos nosotros. La gente está emocionada, van por ellos, aunque hay algunos que nos hacen barra a nosotros porque somos solo cinco. El juego sigue. Defendemos. Un muchacho lleva el balón por el lado de Mario, inicia doble ritmo. Mario trata de evitar el cesto. Le grito: sin fal-…
ta.
Comete su quinta falta. Sale del partido. Muestra su cara de pesar, pero va satisfecho. Nosotros lo vemos con tristeza mientras sale y se sienta en la banca. Ahora solo somos cuatro. Cuatro contra cinco. Inicia de nuevo su ofensiva, el chico del balón dribla hacia mí. Me quedo quieto. Choca conmigo. El juez pita falta. Estoy seguro que es a mi favor pero…
No. Es a favor de él. Intento alegarle pero me arrepiento. Que dolor. En una sola jugada hemos salido Mario y yo del juego. Volteo a ver a mis compañeros, como pidiéndoles perdón. Se quedan ellos tres. Ahora tres contra cinco. Me siento. Los muchachos atacan. Cesta. Arriba ellos por dos puntos. Ya no hay nada que hacer.
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Corre. Hace la cesta y me mira.
Corre, va a defender, y me mira.
Ganan el balón, mi equipo está sin aliento, ya quieren que termine el tiempo. Corre, le pasan el balón, inicia el doble ritmo, cesta. Me mira.
Corre a defender y me mira de nuevo.
¿Se conocen? Me pregunta Mario. Porque lo mira mucho, hace cualquier cosa y lo mira. Me quedo pensando en qué responder. Si digo que no, será extraño, me preguntará por qué me mira tanto si no me conoce. Le digo que sí. Nos conocemos de otro torneo. ¿Entonces son amigos? De nuevo dudo. Tendré que explicar cualquier respuesta. Sí. Somos amigos. Mario sigue mirando a Chiki y Chiki sigue mirándome a mí. Se nota. Se ve que se conocen. Juega bien ese muchacho. Y cambia de tema. Me alegro al ver que no ha pasado nada, que no sospechó nada.
Pocos segundos para el final del juego. Qué lástima haber perdido. Pero qué gran juego, qué gran día. Qué lindo niño he conocido. Tal vez no vuelva a verlo pero con todo lo que ha pasado hoy me conformo.
Los jueces ya indican que se acabará el juego. Ganan ellos por ocho puntos. Tremendo partido nos hemos jugado. Samuel ya se ve satisfecho, aunque en su cara se ve el malestar por no haber podido destruirnos en la cancha con su equipo de jóvenes estrellas. Y listo. Los jueces pitan. Fin del juego.
Fin.
Chiki me mira. Lo miro. Me sonríe. Le sonrío. Fin.
Él camina a su banca. Me reúno con mis compañeros. Nos felicitamos. Qué gran partido señores. Qué gran partido.
Los muchachos vienen a saludarnos. Samuel también. Que partidazo Motta. Me dice. Estás jugando muy bien. Le doy la mano y le sonrío. Ahí me mantengo, le digo. Partidazo, me dice, y me da un abrazo. Luego llegan sus muchachos. Me saludan todos con cara de admiración. El muchacho moreno y atlético me saluda como a su ídolo. Qué partidazo Motta, usted juega muy bien. Le doy un abrazo cordial. Usted jugará mucho mejor. Siga así muchacho, juegue limpio como sabe, y siga entrenando, llegará lejos. Lo suelto. Me sonríe. Me dice gracias y se va. Y ahí viene él. Saluda a mis compañeros. Dios mío ahí viene él. Sé que será la última vez que lo toque. Ya siento pena. Ya siento dolor. No lo veré más. Llega a mí. Dios mío que lindos ojos. Me mira a los ojos y me sonríe. Que buen juego me dice. Su voz es de adolescente consentido. Qué bien jugado. Extiende sus brazos y me abraza. Él me abraza. Pone sus brazos debajo de mi pecho, me envuelve, me abrazo por la cintura. Yo lo abrazo también. Lo abrazo por el cuello. Siento su oreja junto a mi mejilla, su pelo húmedo, su olor a humedad, a sudor, lo siento limpio y sudoroso a la vez. Se alarga en el tiempo nuestro abrazo. Me aprieta fuerte. Yo paso mi mano entre su pelo húmedo. Y con la otra toco su espalda. Chiki quisiera besarte aquí mismo. Chiki quisiera saber tu nombre.
Qué gusto haber jugado contra usted, Motta. Me dice, aún abrazado a mí. Sí, fue un gran partido, inolvidable. Le digo. Me suelta. Me mira. Pongo mi mano en su mejilla y le doy dos suaves golpes. Me sonríe. Y con su sonrisa me mata. Me abre un abismo en el pecho. Se da la vuelta. Y se va. Chiki se va. Chiki se aleja. Siento… el gran dolor de la vida. Suspiro. Doy a gracias a Dios por ponerme en este lugar. Por sentir su cuerpo y su alegría. Doy gracias a Dios por haberme enseñado a jugar básquet. Y se va.
45.
Y siento un vacío... y siento su ausencia desde ya. Y siento que ya no será lo mismo el juego, pisar el suelo de los coliseos, tocar el balón... Y siento que estuve en un sueño y que ya todo acabó.
Siento su sudor en mi mano, la sensación de su pelo húmedo en mi mano, la sensación de sus mejillas suaves en mi mano.
Y su voz en mi oído. Me duelen las costillas donde puso sus manos. me duele la cintura donde puso sus manos.
46.
Nos vamos. Los jueces se despiden de mí con amabilidad. Me hacen bromas por la forma en que los grité. Mis compañeros admiran mi amistad con todos los jueces. Salimos al carro. Mis compañeros van sonrientes, se ven adoloridos, cojos, caminan lento, pero llevan una enorme sonrisa en su cara. Yo sé qué tengo. Siento alegría porque jugué como hace mucho tiempo no jugaba, y siento un dolor, un nudo en la garganta, un enorme vacío en el pecho. Como si hubiera dejado ir un sueño, como si hubiera faltado muchas cosas por hacer. Pero de todos modos, lo hice todo, me digo y sonrío. No me faltó nada, me digo, ¿o sí? Tal vez preguntarle cómo se llama, pedirle el número telefónico, su nombre en la red social. Pero no, al fin de cuentas solo es un sueño, un bellísimo imaginario casual que jugó mi juego durante un juego y nada más. ¿Para qué pensarlo? Lo pensaría si él también pensara en mí, pero no será así, estará celebrando con los amigos, celebrará su victoria, nombrará sus buenas jugadas, recordará las buenas cosas que hizo. Y ya. Me olvidará, s es que me recuerda y jamás volveré a saber de él.
47.
En el carro mis amigos no dejan de hablar del partido, me felicitan continuamente. Se ríen, rememoran sus jugadas y se ríen a carcajadas. Yo no hablo, son río con ellos mientras recuerdo a Chiki que me duele en el alma. Chiki.
48.
Al bajar del auto me hacen bromas. Me dejan frente a mi casa, esperan a que entre, se despìden sonrientes. Qué bueno mi equipo. Entro. La mascota de la casa, Cheo, me saluda. Es muy tierno Cheo. La señora de la casa está en la cocina. La saludo. Me pregunta cómo me fue. Le digo que bien, muy bien, pero perdimos. Voy a mi habitación. Dejo la maleta en el suelo, me acuesto, cierro los ojos. Veo su cara, su sonrisa. Abro los ojos. Ya está bien Andrés, no puedes enamorarte. El amor no existe, menos en baloncesto. Me levanto. Me quito la ropa. Voy al baño. Abro la regadera. Solo dejo salir el agua fría.
<<Andrés viste su piel.
Andrés tocaste su piel.
Andrés su espalda.
Su cintura.
Andrés su cadera...
Su pelo húmedo en tu mejilla.
Su mejilla en tu mano.
Su aliento, Andrés, Su aliento
Su respiración agitada
agitada
su cuerpo caliente, que viene y va como el mar
su voz
Su voz muy cerca de tu oído>>
49.
Descanso. el agua fría me reconforta. Siento dolor en las piernas, y tengo algunas contusiones. Nada grave. Se me abre el apetito. Descanso de su recuerdo también. Salgo más aliviado, descargado, menos angustiado. Me visto. Bebo lo que la señora de la casa me ha dejado en la mesita de noche. Cheo llega a jugar conmigo. Lo acaricio.
50.
Me siento frente al computador. Abro el correo. Ingreso a la red social. Tengo dos mensajes. Abro la bandeja de entrada. Mensajes de amigos. Los dos me felicitan porque me vieron jugar hoy. Les respondo. Y hay dos notificaciones. Hay una notificación de alguien que publicó en mi muro. Julián Camilo Ramos. Doy click. Aparece mi muro y el mensaje que está escrito. Dice: "Heee Ganamos!" Doy click, mientras carga, me siento nervioso, me salta el corazón, se acelera el ritmo de mi respiración. Aparece su foto. Sí. Es él. Veo su nombre mil veces. Abro sus fotos. No recordaba que lo tenía en mi grupo de amigos. Al fin de cuenta tengo más de mil en la red social. Soy feliz.
Topics:
basquet. basketball, amor
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- February 14, 2012 4:10 pm
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